SIGNIFICADO HISTORICO DE LA GLOBALIDAD


Felipe Díaz Garibay

Parte 4

3. LUCES Y SOMBRAS DE LA GLOBALIZACION.

 

La globalización tiene, ¿cómo podría ser de otra manera?, luces y sombras. En la representación de esas luces y sombras se constata una asimetría: en el lado de las «luces», es decir, de las ventajas, la necesidad de actuar políticamente es menor que en el lado de las «sombras». De ello puede derivarse la impresión de que las últimas priman. Probablemente se trata de una impresión falsa.

La nueva dinámica de la globalización significa una fuerte aceleración de las transformaciones estructurales y de la división del trabajo, es decir de la especialización, en muchos países industriales y en desarrollo avanzado, mientras que afecta menos a los países menos desarrollados. En otras palabras: la redoblada competencia internacional hace las veces de «látigo» de las transformaciones estructurales, la división del trabajo y el progreso técnico. Los países, empresas, culturas y capas sociales que no pueden mantener el ritmo de los cambios corren peligro de perder el tren de la globalización y quedar al final como perdedores. Esa imagen generalmente aceptada deja ya en claro dónde deben buscarse las luces y las sombras.

De acuerdo con la opinión económica más extendida, la competencia y el comercio libre entre países lleva a una multiplicación del bienestar común. Cuando el comercio internacional aumenta, en condiciones leales, la competencia se redobla y el desarrollo técnico se acelera; ello significa, de acuerdo con la teoría económica, una creación más rápida y eficiente de bienes económicos. Teóricamente, éstos están luego a disposición para su distribución en todo el mundo. La competencia entre diversas plazas económicas y entre los capitales tiene también teóricamente la función de disciplinar y mejorar la eficiencia de las instituciones estatales. Ese efecto disciplinador puede desembocar asimismo en éxitos en la lucha contra las dictaduras, la escasa transparencia o las políticas de gasto estatal desbocado con consecuencias inflacionarias. Esos son los efectos positivos más importantes de la globalización.

A esas ventajas se contraponen signos de interrogación y desventajas. La creación de bienes económicos es quizá de corto plazo y corto aliento. Los valores sociales, de desarrollo, ecológicos y bienes públicos son desdeñados, no obstante ser a largo plazo por lo menos igual de importantes para la sociedad y la conservación de las bases de la vida.

La reducción de gastos del Estado tiene a menudo graves consecuencias sociales y ecológicas. El espacio de maniobra política de los Estados nacionales en cuestiones sociales, de desarrollo y ecológicas es reducido a favor de la persecución de objetivos económicos y financieros.

El debilitamiento de la posición negociadora del Estado frente a los capitales financieros internacionales puede ser peligroso para los bienes públicos, pero el fortalecimiento de un marco internacional puede ser por otra parte una condición necesaria para acceder a los beneficios del libre comercio. Son pues las luces y las sombras del proceso globalizador las que hacen que muchos se opongan a su desarrollo. Inconcebibles, e incontables también, desacuerdos ha habido en los últimos años; a cada reunión ministerial de la Organización Mundial del Comercio, deviene la presencia de grupos opositores que han llegado al extremo de toda resistencia humana, del insulto a la vorágine manifiesta, de la simple presencia sin saber el porqué al suicidio mismo.

4. GLOBALIFOBIA Y GLOBALOFILIA.

La oposición al fenómeno globalizador no es gratuita, ella agrupa a un heterogéneo conjunto de grupos y movimientos sociales; la lucha, que aunque parte de circunstancias concretas, se canaliza a menudo a través de métodos diferentes. Lo cierto es que cada vez es más difícil organizar cualquier reunión internacional sin que grupos antiglobalizadores, con proselitismos violentos, intenten impedirla o desmantelarla.

Esta oposición no es gratuita, precisamente porque si bien se ha comprobado, para algunos claro, que el globalismo económico ha funcionado bien en lo que a las multinacionales respecta, no así la globalización política de las instituciones supranacionales que deberían controlar de manera más efectiva los desmanes que en aras de ella se cometen; el problema se finca en que se han dedicado a reprimir la emergente internacionalización de la sociedad civil que, en realidad, propone una nueva reorientación de las relaciones sociales y económicas mundiales, justo de aquí parte la posición contractual de la globalización aunque es preciso destacar que existen grupos que no saben qué papel juegan en esta “fiesta”. Pero es innegable que la adhesión entusiasta a la globalización y sus agentes parece despertar en los “guardianes del orden” una especial animosidad.

Aún cuando se atribuye al ex presidente mexicano Ernesto Zedillo la invención del término “globalifóbicos”, él supo perfectamente bien de lo que hablaba y a quién defendía cuando en Davos habló de estos famosísimos grupos. En realidad Zedillo no estaba inventando nada; el término había sido acuñado varios años atrás por una institución, la Brooking Institution, de Washington, dedicada por supuesto a defender los intereses de empresas de los Estados Unidos de Norteamérica como, por ejemplo, de las que ahora han dado empleo al mismo Zedillo1 y lo mantienen sumamente ocupado olvidándose del panorama tan gris que nos heredó a los mexicanos.

Existen pues quienes convergen en que la globalización es uno de los tres pilares básicos del futuro de la economía mundial, junto con las nuevas tecnologías y la adaptación de empresas y gobiernos a las nuevas circunstancias. Mercados, proveedores, fabricantes y clientes a escala multinacional, ello presupone la globalización, tanto como flujos financieros e inversiones transnacionales así como redes integradas de información electrónica y comunicaciones ágiles y baratas a nivel planetario. Ellos representan la globalofilia, la posición apologética del movimiento, ellos creen que se debe cuestionar a cada paso: ¿cómo no ser partidario de la globalización con todo lo que ofrece?

Pero, no todas las consecuencias de la globalización son positivas, no afectan por igual a todos los países, ni tampoco, hasta hoy, existe una versión única e indiscutible de lo que debe ser esa globalización; esa confusión es la que provoca a diversas organizaciones a nivel mundial a oponerse a ella.

No hay, podríamos decir, ninguna homogeneidad en el movimiento antiglobalización; en Seattle, por ejemplo, los principales participantes fueron sindicalistas norteamericanos; pero en Italia el fenómeno ha adquirido otra connotación al grado de interesar mucho a sociólogos. Sobrepasando los límites de la mera oposición, el concepto de solidaridad ha llegado al movimiento globalifóbico influenciado por el pensamiento católico; de hecho, el cardenal Sodano, Secretario de Estado Vaticano, “definió la globalización como un ‘reto’ y aseguró que ‘es posible construir otro mundo’ y que los movimientos globalifóbicos son ‘una señal de que sigue existiendo el valor de la solidaridad”.2

Lo esencial, aquí, es reconocer una heterogeneidad íntegra del movimiento globalifóbico en el que se mezclan los intereses locales con el pensamiento de grupos muy ideológicos; la única unidad, la oposición de todos los participantes es, justamente, a la hegemonía de los grandes grupos financieros y económicos que, de hecho, es el germen oculto de la globalización. Al propio interior del movimiento, “los debates son feroces… /es/ un fenómeno tan complejo y de tan amplio alcance que no hay acuerdo, ni siquiera en cómo nombrarlo. Sus opositores gustan de aglutinarlos bajo la etiqueta de ‘globalifóbicos’, y muchos activistas ciertamente lo son pero otros rechazan sólo ciertos aspectos de la mundialización. Otros más radicales, se proclaman anticapitalistas y aseguran que es tiempo de ‘resucitar la palabra con R’, es decir, la Revolución. Los reformistas piden casos como condonar la deuda de naciones pobres, pero los más radicales desprecian a veces a sus colegas más moderados. Para ellos cualquier encuentro internacional es un pretexto para la provocación”. 3

Lejos de constituir una moda, el movimiento globalifóbico, opuesto a la globalofilia, sigue presente en el escenario internacional; han actuado lo mismo en Seatte, Praga, Niza, Québec, Porto Alegre, Cancún, Génova, Monterrey y nuevamente en Cancún; los que tienen las cosas más claras actúan propugnando por la equidad, los que no, lamentablemente parece que han asumido la globalifobia como un estilo de vida en clara emulación de la cultura europea, ¿será esto, de entrada, un efecto ya de la globalización?

 

Continuará.

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