SIGNIFICADO HISTORICO DE LA GLOBALIDAD


Felipe Díaz Garibay

Parte 6 y última.

7. UNA ULTIMA REFLEXION.

 

La globalización generalmente se ve como un proceso de la economía mundial impulsado por la política económica neoliberal, en el cual las trasnacionales ubican su producción y partes de sus sistemas de producción en diversos lugares del mundo para abastecer a todos los mercados. Pero incluso como proceso descriptivo, la realidad es bastante diferente. Los mercados financieros se han "globalizado", y funcionan durante todo el día y en todo el mundo. No ocurre lo mismo con la fabricación y el capital destinado a la fabricación, e incluso cuando las empresas se instalan en otros lados para abastecer mercados distantes, se trata de un fenómeno confinado a unos pocos países y regiones. El proceso de globalización ha llegado a ciertas partes del mundo en desarrollo, principalmente el Lejano Oriente y el sudeste asiático, y algunas regiones de América Latina, y dentro de esas zonas se distribuye de manera desigual. Y en todos lados se evidencia una creciente marginación.

Pero ahora se hace tanto uso y abuso del término "globalización" sobre todo por los economistas, políticos, periodistas, burócratas internacionales y tecnócratas, que éste ha perdido su valor. Se utiliza con el mismo sentido de términos como "apertura", "interdependencia" e "integración" (de diferentes economías nacionales en una única economía mundial), que en cierta forma son conceptos diferentes e implican varios otros factores y elementos.

Y en la mayoría de los países y para gran parte de la opinión pública, el término "globalización" ha comenzado a identificarse con los problemas que enfrentan los individuos comunes y corrientes: falta de trabajo, inseguridad laboral, jornadas más largas y duras por salarios e ingresos reales más bajos (entre los afortunados que encuentren trabajo) y otras penurias. Y para los pueblos de los países del Sur, la "globalización" se ha convertido en una palabra nueva para un sistema viejo: colonización o recolonización.

Pero la OMC y su dirigencia cierran los ojos a lo que está ocurriendo y siguen adelante con su versión de la globalización (desmantelando los estados y las reglamentaciones estatales, y ampliando el espacio para las trasnacionales) y con la economía neoliberal y las políticas y agendas neomercantilistas del Norte, acentuando los problemas. Como consecuencia, la reacción contra la globalización y la economía neoliberal en el mundo industrializado se está identificando con la OMC y su sistema.

El sistema de comercio de la OMC es presentado como un sistema normativo, con un proceso de solución de diferencias creíble y aplicable. Difícilmente se puede estar en desacuerdo con que un sistema multilateral basado en normas es mejor que acuerdos bilaterales basados en el poder.

Los procesos de gobernación y toma de decisiones de las instituciones de Bretton Woods se basan en el principio de un voto por dólar. Pero si bien este criterio puede ser válido para instituciones financieras y crediticias, resulta antidemocrático en la medida que estas instituciones comenzaron a incidir en la política económica, social y política de los países en desarrollo y las economías en transición, y estas políticas reflejan los intereses de las potencias.

La OMC, por otro lado, se basa en la igualdad de derechos y obligaciones de sus miembros, y en las decisiones por consenso -una práctica del viejo GATT que su sucesora está exhortada a seguir- pero con la posibilidad de votar, por varias mayorías y con diversos propósitos, como forma de resolver los temas.

En la práctica el proceso decisorio en la OMC se utiliza para aplicar las agendas de las potencias, y en especial las de Estados Unidos y Europa occidental.

Los principales países industrializados no quieren que la OMC decida los temas democráticamente por votación, e insisten en preservar la regla del consenso. Pero el proceso decisorio está tan manipulado que pueden traer los temas de su interés y decidir imponiéndole al Sur el consenso, a través de los procesos de consultas informales. Pero los temas de interés para el Sur son descartados en la medida que no existe consenso y con frecuencia las potencias ni siquiera tienen que enfrentarse a la sucia tarea de bloquear el consenso, pues estos temas nunca se presentan formalmente a las reuniones.

En fin. El mundo de la globalización representa el nuevo rostro del sometimiento, de una esclavitud “más refinada” y “menos dolosa” para el propio derecho: parece ser el nuevo mecanismo para implementar, en el sistema de relaciones internacionales, no las nuevas zonas de influencia, sino las nuevas áreas de servidumbre.

Confundir el mundo de las ideas con el de las instituciones que las defienden, bajo estilos muy propios, así como las políticas que aplican, pone de forma innecesaria en peligro los grandes principios que pueden caer, tarde que temprano, en un desprestigio que no les corresponde.

Si vamos a defender la globalización, el avance tecnológico y la nueva economía, hay que hacerlo pero discutiendo el actual orden financiero internacional o de las políticas impuestas desde Bretton Woods por el Fondo Monetario Internacional; si estamos a favor de ellos hay que decirlo pero sin escondernos detrás de la bandera de la globalización; pero si estamos en contra, vale la pena criticar al Fondo pero sin apuntarnos en la lucha contra la globalización sin saber a dónde vamos, oponiéndonos sólo por inercia. Vale la pena analizar críticamente los distintos enfoques para ver si la equidad, la justicia y las oportunidades para los pueblos desprotegidos del planeta, estarán incluidos en este enorme proyecto.Lo cierto de todo es que la represión policial más violenta se ejerce hoy sobre aquéllos que osan manifestarse contra la globalización y sus agentes. Distantes ya los disturbios de Seattle y Cancún, sólo por mencionar algunos, es paradigma de la reacción irracional, desmesurada; frente al mar turquesa del Caribe, jóvenes que han protestado contra la globalización son apaleados sin piedad según lo dijeron los medios: solo en Cancún, “al menos 40 lesionados, 70 detenidos y un desaparecido, fue el saldo provisional de los actos de represión de los cuerpos policiacos en contra de al menos 200 manifestantes opositores a la globalización que intentaban llegar a la sede del Foro Económico Mundial (FEM), México 2001”.1 Cabe destacar que en la última reunión ministerial de la OMC realizada a mediados de septiembre pasado, las cosas se pusieron peor todavía.En otro contexto, en Chile, los carabineros, una fuerza militarizada que carga con la triste celebridad de asesinatos horrendos, torturas y masacres populares, ejercieron su tarea atacando a quienes, bajo la consigna de “Matar al Capitalismo”, repudian al Banco Interamericano de Desarrollo. De igual forma, en Nápoles, Italia, el Tercer Foro Mundial de Gobierno Electrónico, se enmarcó en violentos enfrentamientos entre la policía y enardecidos militantes de la “nueva fe”.Existe una innegable realidad: hay golpeados, heridos, presos, ofendidos y hasta muertos como en Alemania y recientemente en Cancún. Entretanto, el ex Presidente de México, Ernesto Zedillo, adalid de la globalofilia, convoca a una enérgica cruzada contra quienes expresan su aversión a la mundialización que, según él, sólo significaría progreso y bienestar para los pueblos.¿Verdades absolutas?

¿Vientos de revolución?

Habrá que observar, habrá que esperar al transcurso de la inequívoca historia pues cuando la teoría no da para convencer, sólo nos queda ese invaluable recurso.

 

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