LAS APORTACIONES DEL FEDERALISMO FISCAL AL DISEÑO DE UNA NUEVA POLITICA ECONOMICA EN MEXICO

Felipe Díaz Garibay

Parte 1

 

Si existe un tema de fuerte arraigo en la opinión pública en estos momentos, indudablemente es el de la multicitada Reforma Fiscal. Comentarios van, comentarios vienen. Decisiones corren, otras se “estancan”. Lo cierto de todo es que son múltiples los intereses que convergen en esta temática, no sólo de las denominadas “bancadas partidistas”, sino intereses que van más allá de las meras suposiciones y que mucho tienen que ver con grandes firmas, nombres y fines. El tema no es nada sencillo.

Al hablar de la Reforma Fiscal es necesario analizar el sistema fiscal y su grado de evolución y observar dos aspectos fundamentales: los ingresos tributarios y el gasto público. A través de estas dos caras del sistema se debe aplicar una política de redistribución de ingresos y una reforma financiera de la seguridad social. Lo que si es claro es que una Reforma Fiscal integral debe contemplar dos objetivos: un nivel de recaudación fiscal óptimo y un mayor control del gasto público.Los vicios existentes al interior de los propios sistemas productivos, del cuál México no es la excepción, provocan que quienes más tienen sean los que menos aportan, ello no es nuevo; existen líneas de privilegio que bien afectan el sano desenvolvimiento de la política tributaria y redundan de manera negativa en la captación de recursos que el propio Estado necesita al fin de cuentas para enfrentar sus propios requerimientos y, lo que es más, para responder de manera efectiva a las más sentidas expectativas sociales, aspecto éste último en el que se ubica, claro está, la más grave de las deficiencias; es claro que sin recursos, a no ser por los generados por los endeudamientos de los cuáles sin duda alguna el externo es el que más pesa sobre las realidades nacionales, no habrá posibilidad alguna de favorecer a los núcleos sociales más desprotegidos.

La problemática fiscal afecta a todos los ámbitos de gobierno; tanto la Federación, como los Estados y los Municipios se ven golpeados ante sus efectos. Así, la materia tributaria ha sido un tema central en los programas de reformas al interior de muchos gobiernos, el nuestro entre ellos claro está, porque se ha asumido que, a través de ella, es que se pueden obtener los ingresos para financiar la actividad estatal.

1. EL FEDERALISMO HISTORICO.

En realidad la historia conceptual y social del federalismo se remonta a siglos. En cuanto principio, como estructura dual de gobierno y como resultado de un acuerdo o alianza entre partes, algunos autores remontan su origen a las tribus hebreas, a las ligas entre ciudades de la Grecia antigua o incluso a las alianzas entre tribus precolombinas en los territorios del continente americano. Por supuesto, remontar a esas experiencias el origen del federalismo supone un acotamiento del concepto, limitándolo a su contenido etimológico en cuanto "alianza" (del latín foedus) entre entes políticos para crear una estructura orgánica superior, generalmente motivada por factores militares. Se justifica situar en esas épocas los antecedentes del federalismo dado que esas antiguas alianzas mantenían un principio de unidad política que no implicaba la pérdida de autonomía para las partes integrantes del acuerdo.

Podríamos decir con certeza que el federalismo en tanto forma de organización política, surge a finales del siglo XVIII en los Estados Unidos de Norteamérica, como producto del desarrollo que habían adquirido las posesiones inglesas en el continente americano; trece colonias que aunque independientes unas de otras, se encontraban ligadas entre sí por una comunidad de origen, idioma, religión y costumbres, que les permitía enfrentar al enemigo común que era Inglaterra, separándose posteriormente de ella y ejerciendo un derecho que les permite lograr su emancipación; así, a mediados del siglo XVIII surgió una acepción más precisa del término federalista que intentaba dar forma a un sistema político según el cual varios estados, a pesar de regirse por leyes propias, aceptan someterse mediante un pacto o alianza a un poder central en ciertos casos y circunstancia; ideas que se traducen en la primera Constitución de los Estados Unidos de América en 1787.

La situación de independencia lograda por las llamadas trece colonias enfrentaría después una seria de peligros de ser conquistados por otras potencias de la época –situación que prevaleció incluso durante todo el siglo XVIII y XIX en las colonias de América que se emanciparon de las potencias europeas, México entre ellas-, lo que les obliga a buscar una forma de organización política que les permitiera mantenerse protegidas de cualquier ataque del exterior buscando, por tanto, unificarse en torno a un solo poder, sin que eso convenciera plenamente a las pequeñas colonias se hace una necesidad consolidar intereses que les permita resolver esta antinomia. Surge así el régimen federal como la organización política más idónea para mantener a salvo los derechos e intereses del pueblo, mediante una dualidad de gobierno que se frenan el uno al otro, y en los cuáles el único soberano es el pueblo que los crea, toda vez que la verdadera naturaleza jurídica de él, no es otra cosa que una muy marcada descentralización política en la que la autonomía constitucional de las colectividades miembros opera tan cabalmente como la participación de ellas en la creación de la voluntad general; es ahí que, entonces, a partir de ese nuevo sistema político se intentará ser capaz de enfrentar ese doble objeto probando al mismo tiempo resultados prácticos que permitan surgir esta unión de Estados.

Así, entonces, en cuanto a los elementos básicos del federalismo, podemos decir, en primer término, que el federalismo puede definirse como una forma de organizar el poder político y de estructurar al Estado, distinguible de otras formas como es el modelo del Estado unitario, que condensa el poder político en una sola organización institucional. La diferencia esencial entre ambos modelos es, entonces, la estructura dual del federalismo, en donde cada una de las partes conserva una capacidad propia de reproducción política (independencia) y atribuciones que tienen una delimitación territorial. La forma común de este formato dual es la presencia de un gobierno general (denominado nacional o federal) y, por otro lado, determinado número de gobiernos de unidades subnacionales (usualmente estados o repúblicas, además de los Länders en Alemania o los cantones suizos), cada uno con determinadas capacidades políticas que en todo momento evitan vínculos de subordinación o de dominación recíprocos; cabe destacar que, para el caso concreto de México, se habla de un sistema federal conformado por tres niveles de gobierno, Federación, Estados y Municipios.

El federalismo se define así por una estructura dual de organización del poder de un Estado, en donde lo fundamental es la naturaleza política de las relaciones que se establecen entre cada una de las partes (niveles u órdenes de gobierno), caracterizadas por su independencia, no subordinación, dicho en los términos jurídicos más usados, por la permanencia de su soberanía. Su esencia es la estructura institucional dual y la autonomía política que conservan las partes, esto es, la capacidad para decidirse a sí mismas: autogobierno más gobierno compartido.

El orden federal tiene una larga tradición constitucional en varios países del planeta, es una forma de gobierno que ha acreditado su eficacia pues permite abordar los hechos diferenciales y los problemas regionales de modo mucho más funcional que un sistema centralista. La salvaguardia de la diversidad regional es la tarea tradicional del federalismo. El cometido primordial del Estado Federal es la salvaguardia de la libertad; la distribución de competencias entre la Federación y los otros niveles de gobierno es un elemento esencial dentro del sistema de la división y equilibrio de poderes establecido en las Constituciones de los países que han optado por esta forma de gobierno.

El Estado Federal también fortalece el principio democrático. Posibilita el compromiso político del ciudadano en su medio. La democracia se vive más activamente cuando el ciudadano participa en los procesos políticos a través de elecciones y votaciones en el ámbito que le es más familiar, a saber, su Estado Federado; de ahí que el sistema federativo ofrece otras ventajas, como por ejemplo la posibilidad de experimentar a escala reducida determinados proyectos y generar expectativas más amplias a partir de la competencia entre todos los niveles de gobierno que lo integran. La estructura federal permite además tomar cumplidamente en cuenta las diversas correlaciones de fuerzas a nivel regional.

El federalismo moderno surgió con Estados Unidos, cuyo sistema de gobierno se caracterizó por la integración de un Estado nacional determinado y limitado en sus poderes por el pueblo soberano, quien es la fuente constitutiva tanto de los estados de la federación como del Estado nacional, todo lo cual quedó plasmado en un acuerdo formal, que es el documento constitucional. Los rasgos de este nuevo Estado contemplaban la división de poderes, a la cual los propios estados federativos ya se habían adelantado. En este modelo del federalismo, originalmente el Poder Legislativo es el que tendería a ser dominante, quedando éste integrado por dos cámaras, la primera representando a los estados en términos de igualdad (el Senado), independientemente de sus dimensiones sociales o territoriales, y la segunda representando a la población (Cámara de Representantes). Con esta fórmula se integró el nuevo gobierno nacional -con funciones y recursos limitados- y se preservó, a la vez, la autonomía de los gobiernos de los estados.

Como ha ocurrido con todas las expresiones de la sociedad humana, la experiencia del federalismo es previa a su conceptualización y análisis. Este planteamiento, que en primera instancia resulta obvio, tiene utilidad para argumentar que detrás del modelo federal de organización del Estado ha existido una necesidad práctica de organización de las sociedades. El federalismo no es simplemente una idea que una vez concebida se haya traducido en práctica. La relación es distinta. Se trata primero de una práctica, a la cual se construye su concepto y que, posteriormente, éste ha tenido alguna capacidad para orientar el desarrollo de aquélla. La necesidad histórica del federalismo, si podemos llamar así a la práctica humana que lo ha construido, implica entonces que no pueda inventarse o decretarse para determinada sociedad o para cualquier tiempo en la evolución del Estado; requiere de determinadas condiciones sociales que lo hagan factible y necesario. Hoy en día, podemos decir con más precisión que “en Estado federal, es una entidad que se crea a través de la composición de entidades o Estados que antes estaban separados sin ninguna vinculación de dependencia entre ellos”1.

Continuará.

 

 

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