“¡Cállate la boca, él ya esta juzgado de Dios!”, fueron las palabras que una compañera de oficina, de esas a las que la conciencia y la memoria históricas parecen haberle fallado, de esas que no tienen ni la menor idea, tampoco, de lo que, en términos terrenales, significa un juicio divino, me propinó al referir yo el fallecimiento de quien durante su vida prefirió, según dicen quienes estuvieron cerca de él, que le llamaran “Don José”, como si el “Don” lo diera solamente el poder, el dinero o la prepotencia con la que ciertos seres conducen sus vidas. Sí, me refiero al licenciado José López Portillo, ex presidente de México; claro no podría ser de otro país, porque en el nuestro la gente parece estar muy acostumbrada al ejercicio sutil de la tiranía, no se percata ni siquiera cuando es un objeto del nefasto interés de quienes le gobiernan, se acostumbra fácilmente a la “sobadita de lomo” y no le cuesta mucho olvidarse de las cosas.
Realmente, tenía mucho que no ocupaba mis espacios mentales en hacer remembranza del régimen lopezportillista, en realidad apenas iniciaba mis estudios de bachillerato cuando él iniciaba su gestión y ya cursando mis estudios universitarios tuve la oportunidad de conocer más de cerca la obra de este político mexicano.
Ayer martes 17 de febrero del dos mil cuatro, al escuchar de su fallecimiento me percaté del verdadero balance de esta gestión gubernamental que, sin duda, ha pasado a la historia nacional como una de las más oscuras, como una de las peores. Y digo una de las peores, porque ha habido unas regulares, unas no tan buenas, otras que mejor no recordarlas pero otras, las más creo, verdaderamente malas y lo fueron así porque justamente el sentir “revolucionario” que tanto pregonaron no se lleva muy bien que digamos con las altas dosis de demagogia y frivolidad con que impregnaron sus gestiones.
La de José López Portillo es una de ellas, una de las peores, y tan lo fue que después de haber anunciado la llegada de sus restos mortales a un velatorio de la Secretaría de la Defensa Nacional en varios noticieros, ningún alma se hacía presente, no al menos del pueblo; nadie duda que estarían ahí más tarde las grandes figuras, esas que más a fuerza de presión que de ganas se hacen presentes, pero la gente del pueblo, esa que evalúa los buenos y malos procederes de las llamadas figuras públicas, jamás se agolpó a las puertas del velatorio militar como muchos quizás pudieron haberlo imaginado.
Qué vergüenza para alguien que fue capaz de llorar ante el Congreso pidiendo “perdón” a los marginados, qué triste para alguien que en su momento vivió de los aplausos, la honra y la humillación de tantas almas que rindieron pleitesía a su “grandeza”, sí, al igual que a todo un monarca feudal, a la usanza del peor de lo tiranos; que lamentable para alguien que vivió en la total de las frivolidades, y con esa marca gobernó un país de varias decenas de millones de pobres que todavía, varios años después siguieron creyendo en el sentir “revolucionario” del cual, podríamos decir, José López Portillo ha sido sin lugar a dudas el último fiel representante.
Pero todo lo que empieza termina, así terminó un régimen y ahora una vida, una vida que estuvo entregada a sus más bajas pasiones que fueron el sentido con el que se condujo el destino de un país. El régimen de José López Portillo, fue sin duda corrupto entre los corruptos, lleno de contradicciones; fue el régimen del carisma, del boom petrolero, de la nacionalización de la banca, de las más terribles devaluaciones, del derroche, del nepotismo desde el poder público y de la peor de las crisis.
Carisma y crisis son dos aspectos que difícilmente se llevan bien en política, más, sin embargo, ellos junto con la corrupción fueron los signos distintivos de su gestión, caracterizada por el paso de las luces de la bonanza petrolera a las sombras de la crisis económica que acarreara la más fuerte de las devaluaciones del peso; fue un hombre de libros y de pasiones extremas y de grandes ímpetus de ahí que su sexenio haya sido uno de excesos, dispendios y caprichos.
La agitación que le acompañó durante su vida política marcó también su muerte. Y su muerte ha sido una marcada por el desinterés social, característica de los liderazgos dictatoriales que mal han hecho las cosas, y que tarde o temprano reciben en veredicto de la historia y solo dejan la huella del mal recuerdo.
Y es que eso sucede, por regla, a las figuras políticas que han fallado a sus pueblos cuyos malos gobiernos empiezan justo antes de iniciarse, es decir desde el momento en que son designados candidatos al cargo de elección popular, justo desde ahí esas figuras partidistas, ya entronizadas, están seguras de haber ganado las elecciones sin votos comprados ni sufragios cautivos o inyección de urnas. Son ellos, exclusivamente, su personalidad, su carisma, su figura política lo que ha triunfado arrolladoramente en las urnas y hablan sin empacho ni vergüenza, cínicamente, de haber derrotado en toda línea a sus oponentes.
Y esto le pasó justamente a José López Portillo, quien a pesar de haber llegado a la Presidencia de México sin opositor alguno, salvo el comunista Valentín Campa que participó sin registro electoral, llegó a Los Pinos con una votación de casi el 70 por ciento del padrón registrado para esas elecciones, situación ésta que ni al caso viene comentar sobre todo si recordamos las prácticas electorales de antaño.
Pues bien el régimen de López Portillo vivió en el permanente mareo del poder; era la época en que los políticos mexicanos –aunque hoy en día también existen algunos a los que les sucede- sentían levitaciones y entablaban diálogos con Dios; muchos, como también sucede hoy y con más frecuencia, sufrían el vértigo de altura por el hecho de subirse a un ladrillo o a esa hoja de papel denominada “nombramiento”; era la época de las “charolas”, de las matanzas, de la disfunción neuronal de un régimen que parece nunca entendió que ese poder que detentaba lo tenía prestado y desaparecería un día y sus nombres serían arrojados por el pueblo mismo, harto de tanta inmundicia, al basurero de la historia.
José López Portillo habló siempre de más. Su capacidad demagógica, la verdad rayaba en lo extraordinario. Nunca podré entender porqué un personaje que después de ser uno de los hombres más poderosos de México, con las características propias de todo un estadista, batalló tanto con sus matrimonios y con una enfermedad agotante entregándose al final a la muerte, según dicen, sin dinero (¿?), sin esposas, sin prestigio, con unos hijos a quienes parece de nada les ha servido la formación que les dio y, desde luego, sin poder.
Lo que sí recuerdo es que el alguna ocasión refirió que defendería nuestra moneda “como un perro”, sin embargo, su régimen transcurrió, y vinieron otros más, si no del mismo corte si con algunas características muy peculiares; el país se consumió paulatinamente en la pobreza y la desigualdad, en la peor de las ignominias, en la más terrible de las desesperanzas, y aún así, ni antes ni después… el “perro”, si él, quien dijo defendería al país con un patriotismo desmedido… ese “perro”, nunca… verdaderamente… nunca ladró.