Cincuenta y cuatro millones de miserables en un país de cien, dice mucho, y esta es una cifra reconocida por el actual gobierno de México; ellos son una verdadera ofensa para un país en el que una minoría concentra más del 90% de la riqueza, acumulada casi siempre por la vinculación perversa entre poder económico y poder político; nada ha lastimado más a México que este esquema de tráfico de influencias, cuyos antídotos legales poco efecto han tenido y que, sin embargo, ha acumulado el hartazgo que condujo a la alternancia presidencial hace dos años.
Pocos han logrado entender que aquél mes de julio del año 2000, en aras de una acción “revolucionaria” que no respondió del todo a las expectativas de la sentida sociedad mexicana, se rebasó el límite de la resistencia psíquica del ciudadano; el PRI tuvo, por primera vez en 71 años, que abandonar el poder y, por tanto, se abrió con ello la posibilidad de un verdadero espacio democrático. La elección de Vicente Fox Quesada tuvo, sin duda alguna, un significado histórico en tanto produjo la alternancia. No así, aún falta crear todavía una verdadera alternativa.
De ahí que la sociedad mexicana tenga frente a sí un gran reto: el reto de adoptar, desde el primer momento, una posición vigilante y crítica ante cada paso del gobierno y, naturalmente, debe contribuir con su participación activa y consciente, de la cual ha dado una prueba muy clara en estas elecciones para que la alternativa deseable realmente se vaya abriendo paso. La sociedad, ahora más que nunca, debe mantenerse vigilante y crítica.
El pueblo de México empieza a tener clara la idea de que nuestro país tiene frente a sí un gran reto, que consiste, entre otras cosas, en lograr un desarrollo integral del país, esto es, alcanzar el pleno desarrollo de la sociedad mexicana en todas sus dimensiones: social, económica, educativa, cultural, ecológica, política y ética, que por consiguiente implica el mejoramiento del nivel de vida de todos y cada uno de nosotros.
En tal virtud, gobierno y ciudadanía saben que nuestro país requiere de la construcción de una nueva relación no sólo entre todos los mexicanos sino, fundamentalmente, entre ellos, una relación que sea solidaria, equitativa, incluyente, tolerante; una nueva relación en la que existan oportunidades para todos, en especial para los millones y millones de mexicanos a quienes los gobiernos del pasado negaron toda posibilidad de inclusión; se trata, pues y de acuerdo con la propia visión ciudadana manifestaba ya en reclamo, de una nueva relación para aquellos que, por razones culturales e históricas, han sido discriminados; es en este orden de ideas que las nuevas relaciones entre la sociedad y el Estado mexicano son el resultado de procesos de cambio que tienen su origen en las transformaciones de la vida económica, política y cultural.
Los sistemas políticos apuntan por la senda de una mayor democratización.
Los sistemas públicos repuntan hasta configurar espacios de acción ciudadana que se constituyen en puntos de vigilancia, seguimiento y supervisión de lo que realizan tanto los gobiernos como los administradores públicos.
De esta forma, la actitud ciudadana debe ser dar al gobierno sus opiniones sobre los asuntos públicos y sobre el desempeño de la administración; aportar a la agenda de gobierno los temas, las necesidades y problemas que deben ser considerados como prioritarios.
Los nuevos gobiernos, enmarcados en una nueva concepción de lo público requieren de una ciudadanía que ponga en práctica sus cualidades cívicas a efecto de mejorar la convivencia cotidiana.
Los nuevos ciudadanos, conscientes de su papel ante sí mismos, su sociedad y sus gobiernos, deben ser personas con necesidad natural de expresarse y actuar, de ejercer los derechos que consideran sustanciales a ellos mismos, derechos individuales y colectivos; deben construir con libertad y honestidad sus relaciones y convivencia en equilibrio armónico con la sociedad, reconocer la diversidad de opiniones y los diferentes puntos de vista; evitar y luchar contra la corrupción y la impunidad; ser respetuosos de la diversidad de pensamiento, ideas y acciones; reconocer los derechos de los demás y aceptar el ejercicio de ellos; colaborar y cooperar con otros ciudadanos para mejorar su calidad de vida; ser conscientes de que el bienestar personal debe de prosperar conjuntamente con el de su comunidad; estar comprometidos con los que lo necesitan, sin importar su condición social.
Deben ser ciudadanos que se identifican con su historia, su cultura y sus tradiciones; deben ser conscientes de los desafíos que el país enfrenta y capaces de cumplir con sus obligaciones constitucionales; pero, ante todo, ser capaces de exigir el respeto a su naturaleza humana y buscar involucrarse en todas las tareas públicas que son las que directamente le atañen y las que reclaman su activa y decidida participación en los tiempos que vivimos.
Pero en México, las cosas caminan lento, yo diría que exageradamente lento y en seria contraposición a los requerimientos del propio momento histórico. Pareciera que el actual gobierno no tiene la voluntad política para iniciar los grandes cambios, que los grupos opositores al actual régimen obstaculizan en todo sus decisiones y propuestas con el afán de demostrar a la opinión pública cuán nefasto ha sido esta alternancia, o bien que el Presidente Vicente Fox duerme, en definitiva, con su propio enemigo. Yo creo que se tiene un poco de las tres suposiciones aunque la segunda y tercera, me parecen las más certeras.
Se percibe claramente que el desmantelamiento del viejo régimen avanza tan lentamente como la edificación del nuevo; el viejo régimen no acaba de morir y el nuevo no acaba de nacer, es un proceso exasperante en el que son escasos los logros todavía, sobre todo en la rendición de cuentas que establezca una nueva relación entre gobernantes y gobernados que representa una de las premisas fundamentales del actual régimen.
Si bien el actual régimen ha reconocido que ha avanzado en la construcción de un gobierno en el cual confíen los ciudadanos, transformando el gobierno en una institución competitiva que contribuya a dar respuesta exitosa a los grandes desafíos de nuestro país construyendo no sólo una nueva forma de administración pública sino fortaleciendo el papel de los ciudadanos en el rumbo de este país, es necesario reconocer que el camino apenas si se inicia, todavía queda una larga senda que recorrer. La agenda del actual gobierno parece haber dado vuelcos que no estaban contemplados en un principio; por un lado, la necedad de grupos resistentes al cambio han hecho permanente mella al trabajo del gobierno foxista y, por otro, ha faltado visión de la realidad nacional para encarar la problemática actual de nuestra sociedad.
Si la gobernabilidad presume la capacidad de ejercer el gobierno con el consenso, la participación y por lo tanto la corresponsabilidad de los gobernados, habrá que esperar por la lección histórica para ver hasta dónde el actual régimen, o mejor dicho en los momentos actuales, esa pretensa “nueva relación” entre gobernantes y gobernados, en México es el resultado de una certera voluntad política o simplemente moda sustentada en la demagogia y el argumento persuasivo. Tiempo al tiempo.