HABLEMOS HOY DEL ESTIERCOL, SI CLARO, DEL “NIÑO VERDE” Y SUS ALIADOS.

Felipe Díaz Garibay

 

Existen en la vida temas que solamente pueden ser tratados desde las entrañas mismas de su esencia, quizás desde el conocimiento más íntimo de su realidad; indudablemente que la libertad de expresión es uno de estos y vaya que muchos mexicanos nos hemos ganado el derecho de hacerlo en el multisonado caso del llamado “niño verde”, y es que parece mentira que en nuestro país aún existan tantos privilegios, tanta deshonra, tanta desfachatez, tanta… podredumbre.

Es para no creerlo en un país donde el Estado de Derecho se pregona a viento y marea como bandera y causa mayor en el seno mismo de sus gobiernos. Pero qué mal está todo, de verdad, que mal está.

El escándalo del famoso “niño verde” es para convencerse de que en México, sí en este país donde sus gobernantes hablan de tanta transparencia, de valores ciudadanos y del imperio de la Ley, todo, absolutamente todo, es posible. Desde reformar la propia Constitución General de la República (¡!) para dar paso a un escaño en el Senado a quien, hasta el año 2000, aún no cumplía la edad para tan fin. Hasta hace no mucho yo entendí que la Constitución sólo podía reformarse para inducir las adecuaciones necesarias que hicieran posibles los grandes cambios estructurales que un país necesitara pero nunca para responder a los intereses de una familia en especial, o los caprichos de un niñato maleducado, ignaro y prepotente. Pero hasta donde han llegado las cosas.

No hace mucho, recibí un mensaje de un viejo amigo español que ahora ocupa una merecida posición dentro del Parlamento Europeo, donde manifestaba su preocupación por la situación de su país, y es que tal parece que la elección que ha hecho el Príncipe de Asturias de casarse con una “no igual” a él -que en las monarquías se llama boda “morganática” y que para el caso de España cancela todo derecho de sucesión- no ha gustado a muchos, al menos no para quienes saben que la monarquía, por constitucional que sea, mucho cuesta a los ciudadanos, mucho desangra a un país que como España apenas se levanta y en cuyo interior existen, de verdad, profundas desigualdades y, también, serias contradicciones.

Le refería yo que el mismo mal padecía nuestro país donde existen no una sino cientos de “familias reales” que con frustrados pedigríes imponen sus voluntades a costa del dolor, la pobreza, la insalubridad, el analfabetismo y la desprotección de varios millones de mexicanos. Y es que en nuestro país existen tipejos que, como el multicitado “niño verde”, se dan los aires de verdaderos monarcas, de auténticos príncipes.

En México vivimos, una monarquía electiva, de eso no cabe duda, con varios feudos (dizque Estados, Distritos o Municipios) donde infinidad de “señores” hacen lo que les place en pro de sus mezquindades. La desventaja que tenemos de las monarquías consolidadas, como en este caso España, es que en ellas quienes ostentan la dignidad de “Altezas Reales” y están destinados a la sucesión hereditaria, al menos se preparan para tal fin, sí van a las universidades y se les exige, constitucionalmente, un ejercicio, un cumplimiento.

Pero que mal estamos en un país como el nuestro donde cientos de gobernantes, y de hecho la gran mayoría aunque existen desde luego muy honrosas excepciones, son mera improvisación, no tienen ni la más remota idea de lo que significa e implica la labor de gobernar. Este es el caso del Presidente del Partido Verde Ecologista de México (PVEM), Jorge Emilio González Martínez.

La del referido “partido” ha sido una historia de poder y equívocos. Desde su fundación ha sido un gran caldo de cultivo para infinidad de historias en las que menudean las acusaciones de fraude, protagonismo y malos manejos entre los González Torres, la familia que siempre ha estado al frente de ese –insisto- “partido”, así entre comillas.

Dicen los que “saben” que el asunto de esta organización –y me resisto a denominarlo instituto político, mil disculpas si hiero alguna susceptibilidad-, estaba clarísimo desde 1986 cuando Jorge González Torres, un vivales que hasta entonces había sido priísta, fundó el Partido Verde Ecologista de México para tener acceso a los jugosos y abultados presupuestos que la Cámara de Diputados le asignó a los partidos políticos; en este tenor, su fundador fue muy cuidadoso al crear “su partido” pues como se trataba de fundar un negocio familiar, los estatutos le dieron todo el poder como presidente, permitiendo su reelección y declarando nulo todo lo que él no aprobara.

Así empezó la vida de esta organización cuya vida parlamentaria ha pasado casi inadvertida, solamente se le han aprobado contadísimas iniciativas de ley en materia ambiental, pero lo que sí ha hecho, junto con ciertas bancadas con las que ha mantenido alianzas, es bloquear asuntos de verdadero interés nacional.

El negocio familiar de los González Torres, avalado y permitido en su momento por los gobiernos en turno, ha redituado buena plusvalía. Veámoslo.

El ahora “senador” Jorge Emilio González Martínez apenas había dejado de ser un puberto cuando su padre le hizo un regalito muy acorde con la carrera de Administración de Empresas que cursara en la Universidad del Valle de México: La Secretaría de Acción Electoral de su propio changarro familiar, entonces contaba con 21 años y, más tarde, a los 26, se alzó con un escaño en la Cámara de Diputados; al cumplir los 29 de nueva cuenta su propio padre le cumplió el doble capricho de una curul de senador y la gerencia nacional de su organización que, como seguramente se recuerda, se alió con el Partido Acción Nacional para llevar a Vicente Fox Quesada a la Presidencia de la República, alianza que se rompió porque papi González Torres fue ignorado a la hora de integrarse el gabinete y así, el bebé tuvo que hacer público su descontento durante la ceremonia previa al primer Informe de Gobierno.

Muchas cosas más podrían decirse sobre este caso, que la verdad ya harta. Lo peor del caso es que este “mexicano de casta”, este “mexicano de apellido y de nombre” de los que, según muchos, son los que tienen el pleno de derecho a gobernar y ser figuras públicas, de los que tienen la presencia y cualquier tiempo les es propicio para encauzar sus atrocidades, saldrá completamente limpio a pesar de haber pedido licencia en el Senado a efecto de que la Procuraduría General de la República inicie las indagaciones, no se le imputará ningún delito, con toda seguridad será la víctima inmolada, se burlará de México, se burlará de la historia, le pedirán disculpas y sus caprichos de niñato apátrida le serán nuevamente cumplidos. Y no es de dudar que su expediente sea enviado al Vaticano para que en no mucho tiempo sea beatificado y sea el “Santo Niño Verde”, ¿suena bien no? Todo ello, en este país de las maravillas, es totalmente posible.

Así son las cosas en este país, así son las cosas en este México donde, desafortunadamente, hemos pisado durante décadas el vivo estiércol, ése que nos han dejado como herencia nuestros propios líderes, nuestros propios gobernantes.

Pero de lo que sí estoy seguro, completamente cierto, es de que a mí, en lo personal, nadie podrá convencerme de dejar de pensar que este “niño verde” es una de las más nefastas vergüenzas nacionales. Será claro, en su momento por supuesto, que no obstante el escándalo de la verdad, el de su corrupción practicada como acto de “relaciones públicas”, salvo que el Tribunal Federal Electoral remueva al Presidente del PVEM por, entre tantas otras cosas, incumplir la sentencia que obliga a la reforma de los estatutos de ese partido, los militantes de ese “partido” y los contribuyentes que pagamos sus gastos tendremos, sí amigo lector, tendremos Jorge Emilio para rato.

El asunto del PVEM tiene dimensiones más complejas de lo que hasta ahora se sabe. En palabras de Isabel Arvide, “no chamaquearon al Niño Verde, como salió a decir a la mañana siguiente, simplemente exhibieron sus muchas incapacidades existenciales. Sin embargo, con todo en su contra, el señor es senador de la República. Y esto es lo que debe ser cuestionado. Agraviados por su conducta, por su impericia, por su tontería, por su inmensa soberbia habría que exigir una sanción. Así sea moral. No es admisible que tipejos de esta calaña sean decisivos en la vida política nacional. Punto”.

Los legisladores, todos sin distinción alguna, deben enfrentar las acusaciones por corrupción, si es que han incurrido en ella y, bajo ningún motivo, deben escudarse en el fuero constitucional. Los legisladores, hoy por hoy, enfrentan ya un descrédito generalizado, confrontaciones por presuntos delitos del tipo de los cometidos en el seno del PVEM por su Presidente desacreditaría aún más el trabajo legislativo.

Este es el México del nuevo Siglo, el México del Tercer Milenio. Lo más triste aún, estos son los partidos y “líderes” que dicen representar la voluntad popular.

 

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