A DONDE VAN NUESTROS PARTIDOS

Felipe Díaz Garibay

 

Del domingo 12 de diciembre de 1993 al domingo 20 de febrero de 1994, en poco más de diez partes, en este mismo semanario “Tribuna” me referí a los partidos políticos en una serie titulada “Los partidos políticos, ¿la inercia en la dinámica del poder político?, en la que tuve la oportunidad de tratar a fondo la problemática de los partidos políticos en el mundo; evidentemente referí el caso mexicano.

Decía yo en ese entonces que la gran mayoría de partidos en el planeta vivían una crisis existencial toda vez que no estaban –desde ese entonces- actualizando sus principios y plataformas electorales conforme lo requerían los nuevos tiempos; su presencia –reiteré- obedece a cargas meramente electorales más no al cumplimiento de una labor fundamental: la educación cívica, tan necesaria en los tiempos actuales que vivimos, marcados ya por el fenómeno globalizador que avanza paulatinamente devorando a las naciones del orbe sin consideración alguna, colocándolas en la disyuntiva de “estar” o “no estar”; de hecho, hasta hoy mismo, múltiples teóricos internacionalistas, politólogos, economistas y juristas han llegado a la conclusión de que el mundo de nuestros días requiere, como condición esencial para estar en la posibilidad de responder a sus exigencias, de un ciudadano civil, entiéndase un ciudadano “civil-izado”, así exactamente.

Pero esta labor poco ha importado a los partidos, las conductas siguen siendo las mismas, la ciudadanía que arrastran en sus afanes no representa mas que la masa que debe responder a sus expectativas electorales, es decir, representan importancia sólo en el momento de depositar sus votos, con lo que bien no cumplen con su cometido fundamental que es el crear las condiciones para una mejor convivencia social; con ello, las organizaciones denominadas partidos solo vienen a prostituir en grado sumo la vida institucional del Estado moderno.

No promueven las posibilidades reales de cambio, de transformación de las conciencias para crear al hombre del que requieren nuestros tiempos. Ello es no solamente preocupante o alarmante, yo más bien diría que es verdaderamente grave.

Permanecer o alternar en el mundo de nuestros días exige la vigencia del Estado de Derecho, el cual poco han promovido los partidos políticos pues, para el caso concreto de México, ellos mismos han propiciado un desorden institucional que bien arrastra a nuestro país a la posibilidad de la crisis de gobernabilidad tan lamentable por sus efectos y consecuencias.

La corrupción hoy por hoy, ha hecho presa a nuestras organizaciones partidistas. La vieja frase “en política todo se vale” no es más que el resultado de una concepción torcida de la actividad política y bien han sabido utilizarla organizaciones y figuras partidistas. Pero qué lamentable resulta de veras que este tipo de organismos no cumplan con los cometidos para los cuáles han sido creados.

Existe corrupción no sólo en los proselitismos o en la manera en que buscan captar el sufragio ciudadano, existe en su financiamiento y esto ha dejado mucho que desear y existe, desde luego, en el ejercicio público de las autoridades constituidas hacia las cuáles los partidos bien ejercen profundas presiones para el logro de ciertos fines. Las acciones corruptas, por su propia naturaleza, tienden a ser realizadas en secreto, tienden a ser ocultadas al público, pero ahora muchas de ellas han sido dadas a conocer al grado del escándalo.

Existe una seria y grave descomposición al interior de los partidos políticos, que se vino enquistando desde hace ya varios años; nunca fue atendida toda vez que para ellos ha sido más importante pactar los grandes arreglos para la conquista de espacios en aras de los intereses de ciertos grupos que interactúan dentro de sus estructuras, poco les ha importado atender los llamados de sus bases o sus propios proyectos políticos; sus labores circundan entre las promesas y las mentiras, haciendo del río revuelto la ganancia de pocos a costa del desengaño de muchos.

La verdadera puerta al futuro está prácticamente cancelada en la mayoría de partidos mexicanos lo que los ha arrastrado a lograr, durante la última década, una extraordinaria crisis de credibilidad ciudadana hacia ellos mismos; una crisis verdaderamente difícil de superar en tanto no exista la voluntad para el cambio en las actitudes de ciertos liderazgos, por naturaleza autoritarios y dictatoriales.

Esta crisis, manifestada en un descenso del número de votantes activos –que lo demostraron las últimas elecciones federales de julio del 2003- y en una aparente apatía ciudadana por intervenir en los asuntos partidistas, ha derivado en la proliferación de entidades no gubernamentales, que con poco o mucha representatividad, han desplazado de los medios de comunicación a los partidos políticos, como formadores de opinión y es que en ello han tenido poco, muy poco ejercicio, a no ser por la serie de escándalos que han protagonizado.

Primero, el Partido Revolucionario Institucional al principio de los trabajos de la LIX Legislatura del Congreso de la Unión debatió por largo espacio de tiempo por la designación de la Coordinación de su bancada en la Cámara de Diputados.

Después el Presidente del Partido Verde Ecologista de México se vio envuelto en un escándalo que lo involucró seriamente en actos de corrupción.

Más recientemente, el Partido de la Revolución Democrática, que siempre se dijo ejercía la “pureza administrativa” y de acción política, dio buena muestra de sus habilidades publirrelacionistas y de gestión en el ejercicio del Gobierno del Distrito Federal, instancia que ofrece aún más sorpresas.

Acciones como éstas provocan la caída de liderazgos, las dolorosas caídas de figuras públicas que a diestra y siniestra, como el gato el borde del precipicio, se aferran a sus cargos intentando cualquier justificación para salvar sus nombres.

Sin duda, algo negro y tenebroso se cierne sobre nuestro país; no es normal que todo huela a podrido, aunque así lo sea. Demasiadas son las coincidencias transmitidas por la televisión para creer que dichas transmisiones son un hecho aislado y espontáneo que sólo afecta a particulares y deja libre de sospecha a múltiples operadores y actores políticos. Queda bien claro que al revelar la pudrición existente en diversas instancias del gobierno capitalino, los todavía “anónimos” productores, guionistas, directores, editores y distribuidores de los videos, han dejado al descubierto, también, serias irregularidades y acciones facciosas en la procuración de justicia y, lo más serio aún, indicios de la existencia de una fábrica clandestina de campañas mediáticas contra políticos rivales, existiendo la pretensión de endosársela al gobierno federal cuando es de muchos sabido que ese modus operandi no es mas que el producto de hacer remembranza de aquéllos viejos tiempos en que todo era posible.

Nunca como antes se habían presentado en México guerras de este tipo, al menos no que yo las recuerde, tan abiertas y tan crueles, que nos hacen recordar que la política es una guerra por vías pacíficas, pero que esta misma, de un día a otro, puede convertirse en una guerra real, cruel y sangrienta pues están hoy en juego los más variados intereses.

México vive hoy los albores de la democracia, y con ello la oportunidad para transitar ese camino sin hacer a un lado las experiencias de los primeros gobiernos democráticos latinoamericanos que tuvieron que transitar por una senda verdaderamente dolorosa para lograr ese propósito.

La sociedad no considera que los partidos políticos representen sus intereses y creen que los políticos tienen como prioridad sus intereses personales. Puede decirse que los partidos políticos mexicanos no han logrado transformarse a la misma velocidad a la que lo ha hecho la sociedad y han quedado rezagados y relegados; especialmente aquellos partidos donde el caudillismo sigue siendo el que controla la toma de decisiones, impidiendo el avance de la democratización al interior de sus partidos.

Los políticos mexicanos deben aprender de las lecciones latinoamericanas para evitar cometer los mismos errores e impulsar la transformación democrática, de ahí también que debamos dejar atrás la política bizarra, la política de choque y la política de circo, de otro modo la sociedad habrá de buscar otras opciones que efectivamente encarnen sus prioridades y sus preocupaciones. Es tiempo de hacer política, y cerrar el circo de manera definitiva.

Lo que sí es cierto, en atención a los recientes escándalos protagonizados por la diversidad de partidos políticos en México, es que quienes mucho abren la boca para alardear no tienen la autoridad moral para tal fin y, hoy como ayer, cobra vigencia el viejo apotegma que establece que “el que al cielo escupe, tarde o temprano en la cara le ha de caer”.


 

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