Introducción.
Pareciera tener una condición cabalística, impuesta por una mente siniestra que lleva el recuento cronológico de acuerdo a ciertos resultados matemáticos para emprender sus ataques, para provocar la destrucción, para manifestar su enfermedad, y hacer ver su tremendo odio a la humanidad. El reciente ataque a las estaciones ferroviarias de Atocha, Santa Eugenia y el Pozo del Tío Raimundo, mucho tienen que ver con el resultado de ciertas adiciones numéricas; veámoslo más claramente: España, 11/3/2004, si dejamos de lado el número 11 correspondiente al día en que se suscitaron los atentados, y sumamos solamente los números correspondientes al día y al año, tenemos que el 3 (que corresponde al lugar que corresponde al mes de marzo en el orden que del 1 al 12 se da a los meses del año) sumado a los dígitos del 2004 (esto es 3+2+0+0+4) da el número 9, con lo que queda 11/9, número que corresponde al día y el mes e que fueron perpetrados por ataques a las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York.
En Madrid han quedado solamente conjeturas sobre la posible autoría de los hechos. Fue confuso si consideramos el nivel del ataque, el tipo de explosivos usados, el blanco elegido y en términos generales la configuración de los hechos. La organización separatista vasca ETA, reconocida mundialmente por sus sangrientas apariciones y reapariciones, tiene un esquema de operación distinto al suscitado el pasado 11 de marzo de este año, sobre todo por el número de víctimas. Aunque se insistió en que ETA era el centro de la línea de investigación, se ordenó abrir nuevas hipótesis tras el hallazgo de una furgoneta en Alcalá de Henares que contenía detonadores y una cinta con versículos del Corán, además de una nota enviada a medios ingleses donde Al Qaeda se atribuía la autoría del hecho. Posterior a los comicios del domingo 14 de marzo, se suscitaron varias sorpresas que revelaron gran parte de la dolorosa realidad.
Los terroristas de origen musulmán son muy dados a programar sus ataques con base en ciertas claves de este tipo, recordemos que son los inventores del álgebra y por lo tanto históricamente han poseído una gran habilidad matemática por lo que no resulta raro que ese tipo de habilidades las hayan incorporado a su, también, habilidad terrorista.
Antes de cualquier conclusión, vale la pena adentrarse un poco al significado del terrorismo, sus fines, sus protagonistas, sus verdaderos alcances. Identificar el terrorismo con todas sus acepciones y propósitos no es nada fácil. Si pretendemos encontrar sus raíces, alcances y ámbito de acción, nos encontraremos frente a una tarea aún más compleja. ¿Cuándo se produjo el primer acto de terrorismo en la historia de la humanidad? Contestar esa pregunta por cierto que es muy difícil, ya que la violencia entre las personas y las acciones terroristas constituyen un solo conjunto, que ha ido evolucionando y potenciándose en forma paralela con el tiempo.
El concepto de terrorismo.
Si realizamos un análisis retrospectivo y estudiamos los diferentes tipos de enfrentamiento violento entre humanos, no podríamos asegurar que la persecución de los cristianos en la época de los romanos no tenga los visos propios de las acciones terroristas.
Tampoco podríamos aseverar muy fácilmente que las matanzas masivas que se produjeron entre diferentes sectas religiosas en el pasado, o las que se generaron como secuelas de la revolución Francesa, no hayan surgido en esas épocas como nuevas formas de terrorismo.
La historia nos enseña que desde la aparición de las sociedades organizadas, estas han empleado diversas tácticas que privilegian la fuerza para someter a otros grupos, y muchas de ellas alcanzaron niveles de desquiciamiento que sólo son propios del terrorismo.
Pareciera que el hombre está predestinado desde la época de Caín y Abel a provocar enfrentamientos violentos contra los de su misma especie y que, a medida que se producen esos tipos de barbarie, las variadas técnicas y formas de actuar se han ido perfeccionando, para alcanzar cada vez mayores niveles de violencia y mortandad.
Walter Laqueur señala en su libro “Terrorismo”, que la expresión "terrorismo" apareció por primera vez en 1789 en el Dictionnaire de l´Académie Française, definida como "Sistema, régimen del terror". En los años siguientes, marcado por la violencia de la Revolución Francesa, el concepto fue precisado como "dominación del pánico" o "sistema del miedo", adquiriendo una connotación delictiva para sus ejecutores es decir, para los terroristas.
Durante el siglo XIX, la expresión terrorismo fue ampliándose según las modalidades de sus actos y sus implicancias políticas. Es curioso constatar que algunas definiciones de aquella época resultan muy aplicables a los actos terroristas de nuestros días que lo conciben como un movimiento generalizado en toda Europa, a fin del siglo XIX, que se proponía acabar con la sociedad en su organización, si no en la totalidad, mediante atentados sin víctimas premeditadas, actuando sobre multitudes, con frenesí agresivo y homicida, que llevó a una acción internacional conjunta contra esta guerra cuya víctima es la humanidad en general.
En la actualidad, el concepto de terrorismo básicamente se mantiene, aun admitiéndose una pluralidad de variantes surgidas tanto de sus cultores, como de las formas empleadas y de los fundamentos en cuyo nombre se verifican. En esta pluralidad reside la diversidad de valoraciones del terrorismo y la legitimidad de que goza en los grupos, etnias, partidos o naciones que a lo largo de los siglos han justificado tales manifestaciones de violencia.
El margen de la aceptación del terror como instrumento de una idea, sin embargo, se ha reducido notablemente en las últimas décadas. Tanto el avance del Derecho Internacional y del Derecho Humanitario, como la consolidación del ideal democrático en regímenes políticos concretos, han puesto a esta, manifestación de la violencia política en una esquina jurídicamente punible, éticamente condenable y políticamente ilegítima.
A simple vista describir el terrorismo no debería revestir mayor dificultad, ya que podemos hacerlo con base en una definición casi universal que lo cataloga como: “actos racionales o no, en los que se utiliza en forma indiscriminada la violencia contra personas, organizaciones o bienes con el propósito de producir terror”. Podríamos quedar satisfechos con esta simple forma de definirlo, pero si damos una segunda mirada al concepto, veremos que éste considera solamente su propósito sustantivo, producir terror, faltándole en consecuencia su propósito de fondo, el para qué se recurre a este tipo de acciones.
Puede ser que el empleo del terrorismo persiga un fin político, es decir se desarrolle para cambiar el sistema imperante, en cuyo caso su propósito sería coincidente con lo que identificamos como subversión; otra finalidad podría ser emplearlo como herramienta para doblegar la voluntad de un adversario, o bien para forzarlo a pensar igual que quien ejecuta la acción terrorista, lo que lo incluiría como una de las acciones que son propias de la guerra ideológica; también es aceptable intuir que pueden ser acciones de represalia, para castigar a grupos sociales, o personas, que en el pasado han actuado contra el terrorista, o lo que él cree que son sus legítimos derechos.
Una última razón que se podría argumentar para fundamentar el terrorismo, la encontramos cuando se pretende justificar ese hecho violento aduciendo motivaciones religiosas, en cuyo caso, su gestación concordaría perfectamente con cada uno de los motivos anteriores y también con la suma de todos ellos si así se deseara; el terrorismo ha sido empleado, muchas veces tal y como lo registra la historia, para matar en nombre de Dios.
Continuará.