El 11 de marzo del 2004, Madrid, España.
El 11 de marzo pasado, marca para España lo inimaginable, lo que jamás pudo haberse pensado sucedería en un país flagelado por el terrorismo nacional comandado por la organización separatista vasca ETA. Este día, sufre España el peor atentado terrorista de su historia cuyo saldo superó los 200 muertos y los 1500 heridos producto de diez explosiones, casi simultáneas, que destrozaron cuatro trenes en estaciones ferroviarias de la capital española, durante la hora pico.
En principio, el hecho fue atribuido a la organización separatista vasca ETA, más tarde se confirmó que el propio gobierno de Aznar, para no perder adeptos y votación en los comicios realizados 3 días después, había ocultado toda información que indicara la realidad de las cosas; Al Qaeda había estado en la escena en pago a la actitud del gobierno español que apoyó abiertamente la decisión de Estados Unidos de emprender una guerra “antiterrorista” en la región de Oriente Medio.
Todo estaba claro incluso el día de los acontecimientos, el modus operandi de ETA es muy distinto, tanto en la estrategia como en los materiales utilizados en sus atentados, así como el número de víctimas objetivo, a como se presentaron los hechos el día 11 de marzo.
De nueva cuenta víctimas inocentes, en este caso, la mayoría de ellos obreros, inmigrantes y estudiantes que viven en algunos de los barrios (El Pozo y Santa Eugenia) más deprimidos económicamente de Madrid. Muchos de ellos, quizás se habían manifestado en contra de la decisión de Aznar de enviar tropas en apoyo a la fuerza multinacional que desde hace ya más de dos años actúa en Oriente Medio. La advertencia del pueblo español se manifestó en tiempo y forma, su “líder” la desoyó y es claro que decidió equivocadamente; ahí están las consecuencias.
El terrorismo globalizado.
Lo imposible, lo inimaginable sucedió. Los brutales ataques terroristas efectuados, uno en el corazón de la actividad política, militar y económica de la primera potencia mundial y, otro en estaciones ferroviarias de Madrid, han sido capaces de cambiarnos a todos el panorama.
La mente perversamente audaz y la sofisticada organización que se requirió para maquinar y ejecutar estas operaciones terroristas, no deja de sorprender y preocupar. Sorprende porque nunca unos cuantos habían tenido, ni remotamente, la capacidad de herir y matar así a tantos. Queda claro que el terrorismo ha rebasado las fronteras nacionales, es claro, también, que éste ha sido alcanzado ya por los efectos globalizadores.
El terrorismo internacional es una inquietante realidad que sacude a víctimas inocentes lo mismo en Indonesia, Rusia, Estados Unidos y Europa; ya no tiene fronteras. Las que fueran las dos grandes potencias en tiempos de la guerra fría son estos días escenarios de ataques de grupos organizados o de individuos que matan por causas absurdas o por reivindicaciones políticas de procedencias antiguas.
Moscú y Washington han sufrido los zarpazos de acciones terroristas que hace unos diez años eran impensables. Queda claro que se ha declarado una guerra internacional contra el terrorismo y los terroristas están respondiendo también internacionalmente.
El fenómeno guarda una cierta semejanza con el anarquismo de hace más de cien años. La diferencia es que los atentados que costaron la vida a Cánovas del Castillo, al rey de Italia, al archiduque Fernando José en Sarajevo, al líder socialista francés Jaurès o a Eduado Dato eran acciones concretas llevadas a cabo por individuos particulares que se ejercitaban macabramente en el arte del magnicidio por razones muy variadas.
El terrorismo de la era de la globalización se ha “socializado”; se asesina en serie, se matan a centenares o miles de víctimas y se perpetran estos crímenes por organizaciones internacionales en nombre de ideas y de sistemas que no quieren subvertir el orden establecido en un país concreto sino que pretenden cambiar el orden mundial. Lo grave de todo es que incluso, también, se mata en nombre de Dios.
La amenaza es ciertamente peligrosa. Tanto por su magnitud como por la imposibilidad de detectar y destruir estos núcleos de terror que alientan y organizan, desde dentro de nuestras propias sociedades, atentados y secuestros masivos.
Los escenarios del terrorismo se confunden con luchas nacionales y con reivindicaciones históricas de carácter étnico, religioso y cultural. Lo vemos en la latente guerra civil entre cristianos y musulmanes en Sudán, entre Armenia y Azerbaijan, en las fratricidas confrontaciones en los Balcanes y en los choques étnicos y religiosos en los antiguos territorios de lo que fue la Unión Soviética.
La dominación militar permanente de los países más poderosos no parece que pueda neutralizar a los movimientos organizados de terroristas que responden con su propia bomba atómica en forma de los hombres y mujeres suicidas que no demuestran ningún apego por sus vidas que las sacrifican junto con sus víctimas. El mundo occidental, especialmente Estados Unidos, gasta más que nunca en defensa y en seguridad.
La doctrina que ha elaborado la administración Bush ha introducido el concepto del ataque preventivo y ha designado a los enemigos que encubren o fomentan el terror para declararles la guerra y destruirlos. El presidente Bush se ha inclinado claramente por el "hard power" apartándose sustancialmente de lo que ha sido la tradicional política exterior norteamericana desde los tiempos del presidente Wilson. Y, sin embargo, el terrorismo sigue desgraciadamente vivo y en franca expansión.
Ante un mundo globalizado, sin un orden jurídico que garantice los derechos de todos, poderosos y débiles, se ha instalado la doctrina de la fuerza para neutralizar cualquier brote destructivo que venga de fuera. Por desgracia, es tan fuerte una bomba nuclear como un terrorista suicida que se inmola desde su desesperación. Con un arma atómica se pueden destruir ciudades y matar a miles de personas. Un suicida puede entrar en un supermercado, en un autobús o en un estadio de fútbol y morir matando a cientos de inocentes.
Podríamos pensar que vivimos en un primer mundo más protegido, más seguro, más estable y más próspero, alejado de toda posibilidad terrorista; pero quizás somos hoy más vulnerables que nunca aún siendo más fuertes que en otras épocas.
Conclusiones.
El terrorismo globalizado desatado por los atentados del 11 de septiembre del 2001 en la ciudad de Nueva York y el 11 de marzo del presente año en Madrid, España, reactualiza antiguas amenazas de la Humanidad, pero con alcances sin precedentes.
La naturaleza del terrorismo no ha cambiado en su esencia, pero sí en sus manifestaciones, en sus medios y en su difusión. Considerando que el propósito del terrorista es causar pánico e inseguridad, la tragedia de Nueva York y Washington en septiembre de 2001, y en Madrid recientemente, lo acercan a sus fines. La mezcla de aviones contra edificios, de bombas dentro de vagones detonadas mediante telefonía móvil y la televisión por cable, aumentaron exponencialmente el acto terrorista y sus efectos.
Brutalmente expresado, en los hechos descritos, el terrorista se acerca a la perfección en el logro de sus propósitos. Esta cruda descripción del desafío exige una respuesta de similar envergadura, aunque de diferente naturaleza.
La respuesta de la comunidad internacional debe ser civilizada. No puede ser la violencia bruta, pues eso es lo que el terrorista quisiera, sino la fuerza que proviene de la aplicación de la justicia en toda su envergadura nacional e internacional. Justicia basada en el Derecho, justicia aplicada con la razón, justicia sancionadora apoyada en la ley legítima y soberana.
No así, existe un terrorismo que pasa inadvertido para muchos. Podríamos pensar que, lejos del mal, nuestras sociedades se conducen por caminos de entera seguridad donde no pasa nada; sin embargo, estamos inmersos en una sutil práctica terrorista que, desde las calles, callejones, barrios e incluso oficinas públicas lacran a nuestras sociedades; nada peor puede existir que el terrorismo que se ejerce desde la venta de drogas a humanos inocentes que son llevados a la destrucción de su propia existencia; nada más degradante que la presencia de gobernantes corruptos que a diestra y siniestra, con lenguajes ambiguos, intentan ocultar sus crímenes y malas actuaciones intentando culpar incluso a gente inocente cuya única culpa ha sido manifestar sus ideales.
Nada más cruel que el terrorismo que ejercen las mentes absurdas que, desde una oficina pública toman erradas decisiones a costa del propio destino de sus pueblos arrastrándolos al total fracaso, a la pérdida de toda expectativa y a la frustración de sus propias vidas.
Existe el terrorismo sutil, insisto, ése que pasa “inadvertido”, ése del que hacen oídos sordos los mismos que lo provocan, ése que arrastra a la hambruna a tantos pueblos de la tierra, ése que confunde las mentes en aras de torcidas ideas políticas y religiosas, ése que provocan las mentes enanas y de inteligencia estrecha, ése que provoca la injusticia y se sustenta en la inhumanidad y ante el cual las miradas de los “poderosos” solo están para hacer…. absolutamente nada.