Los recientes escándalos de que hemos sido testigos los mexicanos, los deplorables escándalos protagonizados a diestra y siniestra por destacadas figuras públicas mexicanas, demuestran cuán desgastada está no solamente la estructura política de nuestro país sino las formas y esquemas en que ésta ha ejercido el poder público.
Esto tenía que suceder pues queda claro que se ha intentado poner contra la pared al Presidente de México, sí claro a Vicente Fox Quesada, y lo han hecho aquéllos y éstos y los demás que no han asimilado aún que aquél 2 de julio del 2000 las cosas en la vida política de México dieran un viraje difícil de digerir; era obvio, 70 años no podían olvidarse así como así, y mejor aún dejar todo “aquello” que la “revolución” –así con minúscula y comillas- había sido capaz de crear y dar a quienes “tanto” hicieron por su consolidación, respeto y reafirmación de sus principios.
Pocos entienden que buscar poner contra la pared al primer mandatario mexicano bien daña a todos. Se pierde la proporción de lo político y su desarrollo se presenta en líneas verdaderamente equivocadas, aunque yo más diría que torcidas.
No es la carrera al 2006 la causa fundamental de lo que acontece actualmente en México; es la descomposición propia del sistema la que está arrastrando a esta bacanal en la que el hartazgo del banquete hará buen daño a muchos.
El problema, en sí, no podría ser tratado sin retomar antes, obligadamente, el álgido espacio de la ética y la moral en su relación con la política.
¿Etica y moral en política?
Tanto la moral, como el derecho y los usos sociales, forman parte de un todo mayor: la ética. Hablar de ética es hablar del bien y del mal. La ética no es una abstracción. Cada acto está obrando directa o indirectamente sobre una vida: "nunca se roba algo, se le roba a alguien", por ejemplo.
La moral hace referencia a aquellas pautas interiorizadas por el individuo quien se las autoimpone no como obligación sino como necesidad, por el simple hecho de provenir o formar parte de "lo bueno". Así, el derecho, es el conjunto de normas emanadas de un órgano competente que constituyen una prescripción, o sea la imposición de la voluntad de la autoridad normativa sobre la voluntad del sujeto o destinatario. Por su parte, los usos sociales recogen comportamientos deseables y aprobados por una comunidad, es decir costumbres sociales, son entonces normas consuetudinarias.
El hombre se reúne en sociedad para el logro de un bien común a todos. El bien común no es el bien individual, no es la suma de la porción de felicidad de cada individuo integrante de una comunidad, pero tampoco es un bien que nada deba a las partes; es el bien común el principio y fin ético de la política. De esta forma, será bueno todo aquello que beneficie, tienda, acreciente o promueva el bien común. Será malo todo aquello que tienda a perjudicarlo, disuadirlo, disminuirlo, etc.
El bien común, aparece así como la integración sociológica de todo lo que hay de virtud y riqueza en las vidas individuales, y que tiende a perfeccionar la vida y la libertad de persona de cada ser. No es utilidad solamente, sino fin bueno en sí mismo, sujeto a la justicia y a la bondad. Es el fin último de la vida social.
La política como búsqueda del bien común.
La política es la ciencia social y práctica cuyo objeto es la búsqueda del bien común de los integrantes de una comunidad. El bien común no es sólo la tarea del poder político sino también razón de ser de la autoridad política. El deber de todo Estado democrático es promover el bien general, que sólo es posible mediante una auténtica justicia social cuya finalidad es obtener una más justa distribución de la riqueza entre todos los grupos sociales. El Estado, en sí, debe ser capaz de generar este equilibrio e intervenir para asegurar el mínimo de bienestar para todos, sin demagogias.
En resumen, la naturaleza de un Estado o de la sociedad política, es la búsqueda del bien común. El Estado se desnaturaliza, es decir, pierde su esencia, cuando se corrompe. Corromper, entre otras acepciones posibles, es alterar la forma de alguna cosa; así el Estado corrupto ya no tiende al bien común sino que se desvirtúa transformándose al provecho de unos pocos.
Según los clásicos de la Ciencia Política, definiendo las formas de gobierno, tenemos que hay monarquía, aristocracia o democracia cuando el rey, una minoría o una mayoría gobiernan para el conjunto, así respectivamente. Estas serían las formas naturales. Por el contrario, hay tiranía, oligarquía o demagogia cuando un tirano, una minoría o una mayoría gobiernan para sí mismos. Estas serían las formas desnaturalizadas que en nuestros días cobran plena vigencia e, incluso, tenemos muy cerca.
Los factores que conducen a la desnaturalización del Estado, a su proceder éticamente negativo, inmoral, ilegítimo e ilegal son principalmente: a) el economicismo, b) la tentación del poder absoluto y c) la pérdida de un orden político, éste último de gran trascendencia pues es el origen y punto de partida para la gestación de los otros dos, por lo que me referiré a él de manera especial en este análisis.
Bajo cualquier sistema político existe un orden político natural al cual la acción política debe sujetarse en aras de la estabilidad y el bienestar de la nación. El orden político es la única posibilidad de trabajar por el bien común. Su contraparte, el desorden político, implica el desquicio general de las funciones sociales, de modo que nadie trabaja en lo que le compete, sino que se ocupa de todo menos de las funciones que tiene encomendadas o que el pueblo bien le encomendó en las urnas.
Es claro que el desorden empieza entonces en la mente del gobernante, convirtiéndose en acciones en cadena que afectan paulatinamente su conducta presente y futura y de ahí sus acciones, su propia visión del poder y, por ende, su entorno decisorio hasta hacerlo presa de algo incontrolable.
Por ello, es que podemos, de manera lógica, reducir los tres factores de desnaturalización del Estado a un solo eje fundamental: la conducta que, entre otras acepciones, es la manera con que los hombres gobiernan su vida y rigen sus acciones, de donde tenemos que una conducta será éticamente positiva siempre que el hombre encamine su vida conforme a las costumbres sociales y normas jurídicas vigentes, y cuyos principios morales, que por naturaleza indican qué es lo bueno, no queden sólo en el campo de la abstracción o el conocimiento, sino que los concrete mediante su observancia. En resumen, será una conducta acorde a la ética aquella conducta virtuosa, tan carente ya en la figura pública y en nuestros propios representantes.
De todo lo anterior, será fácilmente entendible entonces que los tres factores de desnaturalización del Estado –que referí líneas arriba-, tienen su semilla o su fundamento en una conducta éticamente negativa: en el materialismo, en la mentira, la deslealtad, la intolerancia, el egoísmo, la prepotencia, en la carencia de patriotismo, en la ausencia de humildad, en la desvergüenza, etc.
Continuará.