LOS ESCANDALOS POLITICOS EN MEXICO Y LA IRRACIONALIDAD DE SUS ACTORES

Felipe Díaz Garibay

Parte II

 

Etica y moral, elementos necesarios en toda acción política.

Que ni duda quepa de que la ética es necesaria dentro de la política; la realidad cotidiana lo confirma a cada instante.

Montesquieu afirmaba que “el fin de la ley es realizar en la sociedad, parcialmente al menos, el orden moral”, con lo que consagraba la necesidad de que la acción política debía tener en cuenta la moral para elaborar las leyes y para el desempeño de los deberes inherentes a la función pública y política.

Según Hegel, “la tradición judeocristiana estableció la igualdad universal del hombre sobre la base de su libertad moral” con lo que, evidentemente, condicionaba la igualdad universal del hombre a su libertad moral. Y así, otros muchos.

De hecho, quizás ningún pensador –entiéndase por él a quien usa racionalmente la materia gris de su cerebro- en la historia ha desechado la ética ni subordinado la moral a la política; los principios éticos de unos pensadores habrán sido absolutamente distintos de los de los demás, aunque en multitud de puntos la coincidencia es prácticamente total.

Una afirmación peligrosa para no tener en cuenta la moral en política es aquella por la cual “basta cumplir los preceptos de la ley para no cometer inmoralidad”. Un criterio que puede interesar a quienes no estén muy convencidos de que sus actuaciones son morales, pero que no se sustenta en otro principio que el interés de quien tiene el poder.

¿Son morales las leyes?, ¿son justas las leyes?, ¿son necesarias todas las leyes?, ¿se legisla a tiempo o por el contrario la legislación va a remolque de las necesidades sociales?, ¿es siempre moral la aplicación de una ley incluso si ella es moralmente válida?; en todos los casos debe decirse que no necesariamente. Las leyes no tienen porqué ser morales atendiendo a que van a remolque de los acontecimientos e incluso están condicionadas por una opinión pública orientada exclusivamente desde las conveniencias del propio poder y de los intereses particulares que lo manejan y para los cuales no necesariamente han de regir criterios éticos.

Se suele legislar a toro pasado, es decir, cuando las circunstancias ya no permiten un vacío legal en un tema determinado, pero no se adelantan jamás a las necesidades futuras sobre una materia determinada, pues no existe para el legislador materia a legislar hasta que la realidad social la hace indispensable.

Por ejemplo, la legislación sobre al aborto se hizo por presiones sociales, y sin embargo sigue siendo objeto de debate moral, aun cuando venía realizándose desde tiempos inmemoriales sin ley alguna. La fecundación artificial se ha practicado antes de que se elaborase una ley reguladora. La planificación familiar sigue siendo motivo de debate. Las parejas de hecho han sido objeto de una ley específica por la presión de determinada población. El tratamiento legal de la eutanasia o del derecho a una muerte digna han permanecido en los cajones de muchos pensadores hasta que la evidencia ha obligado a tomarla en consideración. Y así otros muchos aspectos.

Considero innecesario entrar en la valoración ética de estas leyes puesto que no es objeto de quienes queramos encontrar caminos para que la ética impere en la política, simplemente constato la evidencia de la situación.

La presión de la opinión pública ha hecho posible la aprobación de leyes sin que el ciudadano tuviera una conciencia moral del tema; moral, desde el punto de vista que se pretende, pues ha imperado más el corazón que la razón. Y porque, de hecho, no han llegado al pueblo suficientes opciones y argumentos en favor y en contra antes de su aprobación.

El “apego” a la ley –que por supuesto puede tener múltiples interpretaciones según de los juristas, jueces, abogados y mercenarios del derecho que abundan a nuestros pasos- en efecto les es muy útil a quienes no estén muy seguros y convencidos de que sus actuaciones públicas son morales o éticas.

La pérdida del camino ético de la política, no es más que el reflejo de una sociedad que también lo ha perdido. Al fin y al cabo, los hombres de la política, forman parte de la sociedad a la cual representan y dirigen y las cosas no podrían ser de otra forma.

Es increíble cómo la indiferencia individualista ha llegado a atrofiar nuestros más profundos sentimientos, cómo nos ha llevado el egocentrismo a disimular y a cerrar los ojos frente a aquellas personas que necesitan y suplican de una mano que las ayude, que les sirva de guía. Es tal la ausencia de solidaridad que se presenta, que hemos llegado al extremo de la extranjería total, mientras, hermanos nuestros mueren frente a nuestros ojos.

Es imposible pensar que en sociedades corruptas y desnaturalizadas, que no saben de donde vienen ni adonde van, que han olvidado su pasado y no tienen visión de futuro, en donde la hermandad es una palabra cada día más en desuso ya que cada cual busca sobreponerse al prójimo en vez de mancomunadamente buscar lo mejor para todos, pueda surgir una minoría dirigente inmune a tal peligrosa enfermedad como lo es la corrupción, la extranjería y lo peor de todo, la indiferencia.
Pero también es cierto que la clase dirigente, que en realidad no es "clase" sino minoría, es la encargada de dirigir y de dar el ejemplo a la comunidad y que por lo tanto, tiene una mayor responsabilidad. Dirigir significa enderezar, llevar rectamente una cosa hacia un lugar señalado.
En México las cosas han cambiado en exceso, y para mal claro, estoy seguro de que en nuestro país, si claro el “país de las maravillas”, ya hemos tocado fondo, nos encaminamos abruptamente a ser la fiel imitación de la sociedad anteriormente descrita.

La falta de ética en todos los ámbitos es un problema de fondo toda vez que trastoca los más elementales principios que dan forma humana al individuo y cuerpo social a las naciones. El problema no es nada sencillo, implica desde luego el arraigo de anacronismos que históricamente se han venido heredando y que en el momento actual han sido adoptados, ya, como forma de vida y conducción política, así tal y como sucede con México; lo que los protagonistas no saben, lo que los servidores públicos y figuras públicas no han alcanzado a ventilar todavía, es más estoy seguro que ni idea tienen de ello, es que en nuestros días, ese arrastrar con tanto anacronismo y adoptarlos como forma de vida, bien ha influido en la lamentable descomposición de nuestro propio sistema político, es decir, ese desorden que vivimos ahora, recientemente, en este momento.

Continuará.

 

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