LOS ESCANDALOS POLITICOS EN MEXICO Y LA IRRACIONALIDAD DE SUS ACTORES

Felipe Díaz Garibay

Parte III y última

 

La Democracia y la descomposición de nuestro sistema político.

Respecto a la democracia y al Estado se han emitido innumerables interpretaciones que, evidentemente, tienen mucho que ver con el contexto en que ellas surgen, es decir los esquemas sociales y políticos, y las mismas relaciones entre el Estado y la sociedad representan el eje sobre el cual gira toda la concepción sobre el fenómeno democrático en específico.

Aún cuando las ideas de libertad y la democracia se han extendido notoriamente dentro del léxico común de muchas sociedades, en los hechos estamos todavía muy alejados de una plena vigencia en su adopción. La actualidad refleja claramente que inserta la libertad al contexto de la democracia, ésta adquiere connotaciones que poco a poco la alejan del verdadero sentir democrático.

Si bien desde el seno de la antigüedad griega se llegó a la conclusión de que la democracia era un vicio de la República, hoy en día bien podemos deducir que la “democracia” que hoy conocemos bien representa la peor de las perversiones del concepto clásico que en esencia se traduce, independientemente de “lo electoral” en la plena participación ciudadana en las decisiones propias del gobierno.

Lo que es más claro, y en palabras comunes, se confunde la libertad expresa de la democracia, en un libertinaje mal entendido que desvirtúa en grado supremo la esencia de aquélla.

Aún a pesar de que existe un acuerdo convencional sobre el valor moral y la conveniencia de que toda sociedad moderna pueda promover un marco político basado en la libertad y la democracia, para algunas ideologías la relación entre estos dos conceptos no es una de carácter complementario e interdependiente, sino que se basa en una de naturaleza conflictiva y de condicionamiento, incluso llegando a proponer la destrucción de uno de los dos en aras de justificar la salvación del elemento amenazado por la presencia excesiva del que se ha convertido en su "contrario".

Pero existe una premisa fundamental: donde existe libertad no hace falta pedir democracia y a la inversa, donde existe democracia no hace falta pedir libertad. El problema real, se presenta cuando el primer elemento citado, es decir la libertad, busca la supremacía sobre el segundo, entiéndase la democracia, buscando incluso estar por encima de él, es aquí cuando se vicia el proceso, surge la descomposición pues ninguna de los dos puede primar sobre el otro; por el contrario, debe existir una relación de equilibrio.

Lo que acontece en los momentos actuales, en que se confunde premeditadamente el nivel de libertad que debe tener la democracia, es que muchos de esos entornos que se llaman “democráticos” lo único que hacen es prostituir la vida institucional del Estado moderno.

Esto mismo sucede en México, esto mismo acontece en el seno de la “democracia” mexicana, si acaso existe algún indicio para referirse a ella como tal, que empieza a distinguirse por la acelerada descomposición del sistema que inició hace ya varias décadas y que viene a reafirmarse como consecuencia de los recientes escándalos políticos que parecen no tener fin en este 2004 que bien podríamos declarar como el “año de los escándalos”.

Si bien uno de los principales desafíos que nos revela el mundo actual es encontrar los mecanismos para revitalizar la relación entre libertad y democracia no sólo dentro de sus ámbitos cotidianos, sino también dentro de las instituciones y prácticas políticas que han tenido alcances históricos trascendentes.

Pero seguimos atrapados en el dilema básico de decidir si existe o no una primacía entre los ambientes público y privado en donde se desenvuelven los individuos y nuestro régimen político ha entrado en una zona cuyo rasgo principal es el espectáculo descarnado, casi sin límites, para demostrar, no sin impudicia, que los asuntos públicos en México no se diferencian de lo privado: los dos ámbitos se mezclan con gran facilidad, por lo que la vida pública y la vida privada, casi sin fronteras de por medio, son motivo de comentario, burla y hasta desdén por parte de una ciudadanía incrédula y harta ya de la actuación de sus representantes.

Y esto mismo le pasa a Andrés Manuel López Obrador, a René Bejarano, a Rosario Robles, Dolores Padierna, Estrada Cajigal, Carlos Ahumada y a quienes se acumulen en lo inmediato porque la situación pinta para dar más sorpresas. Todos ellos, seguros de sus actuaciones, han buscado desde luego un rincón jurídico de donde asirse para salir airosos, como siempre lo hicieron, de todo cuanto han hecho; es inútil. Podría decirse que, como figuras públicas, han perdido el piso aunque yo más bien diría que, como tales, han perdido no solo la credibilidad y la vergüenza sino la propia dignidad.

Todos ellos sin excepción, son corruptos, entendiendo el término corrupción en su acepción más amplia, sobre todo por poseer una especial pasión por dañar y pervertir las cosas y las instituciones de nuestro país. Las cosas poco cambiaron a partir del 2000. Queda claro que la arquitectura del viejo sistema político persiste en las prácticas, en el discurso y en las relaciones reales de poder en que se conducen los nuevos y viejos actores lo que, evidentemente, ha terminado por erosionar y hasta por fracturar las ventajas, aportes e incluso las innovaciones que pudiera reportar la competencia política y la propia democracia electoral.

Y es que la irracionalidad de figuras como Andrés Manuel López Obrador -y lo digo por el manejo que ha tenido por siempre ante los medios, la ambigüedad de su lenguaje y la falta de claridad en sus pronunciamientos- quien, quiéralo o no está en el ojo del huracán, raya en lo extraordinario, en lo nefasto, en lo irritante.

Lo conocido hasta ahora, es decir de lo que la gran mayoría de mexicanos nos hemos enterado a través de los medios, implica a un funcionario del gobierno capitalino, a un asambleísta, a un delegado, a un empresario de medio pelo, y punto. A mi realmente me inquieta, me preocupa es más que por funcionarios de esas jerarquías y por los delitos que se les imputan se haya llegado al borde de una crisis política que parece haber tenido alcance nacional.

A diestra y siniestra, las reacciones verbales, tanto de panistas como perredistas, en fin de todos los involucrados, incluso del propio gobierno, han sido verdaderamente desorbitadas; el discurso mismo de los políticos apela consistentemente a la desmemoria y al olvido; porque si la racionalidad que rige los actos de López Obrador es exclusivamente mediática son miras a las elecciones federales del 2006, su estrategia y reacciones han caído en la desmesura, el riesgo y el peligro para todos; si se encuentra alguna racionalidad política en tratar de poner de rodillas al Gobierno Federal, desestabilizar al régimen –que desde luego es una de sus plenas y máximas intenciones-, dañar a la economía, solamente él mismo sabrá porqué razón lo hace apenas al comienzo del cuarto año de su gestión.

Pero racionalidad legal, no existe ninguna, aquí el famoso Andrés Manuel López Obrador, quien desde luego supo antes, durante y después, que sucedía al interior de su gestión, está reprobado; queda claro que al exhibir el informe del Departamento del Tesoro el Jefe de Gobierno del Distrito federal sabía perfectamente que cometía un delito. De ahí que este funcionario, de claras aspiraciones presidenciales, por ser pieza clave en todo este enjuague y estrella protagónica deba a la sociedad mexicana –incluso a su propio partido- muchas, muchísimas explicaciones.

Ahora, solo queda la nota de que el empresario de los videos, desaparecido por un tiempo, fue detenido por el gobierno cubano en La Habana y deportado a México por el dictatorial gobierno cubano; ya con anterioridad se había entregado a la prensa un documento confidencial, auténtico, de la Financial Crimes Enforcement Network, del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, cuyo contenido revela que el Secretario de Finanzas del Gobierno de la Ciudad de México y su esposa eran investigados por el gobierno de ese país y, a la vez, por el de México. Ahora las notas circundan entre Ahumada y su socio Antonio Martínez Ocampo y el recientemente deportado Enrique Arcipreste.

Esa es la información firme, de la que se dispone, la única; lo demás ha sido solamente dichos y no más que eso, declaraciones, desplantes partidarios, pruebas falsificadas, versiones contradictorias, conjeturas y ajustes de cuentas, “dimes y diretes”, cinismo, declaraciones absurdas, obsesiones. Nada más.

Ahora entiendo porqué México, el país de las maravillas, sí, donde todo es posible, donde se demuestra lo indemostrable, donde se justifica lo injustificable, donde la mentira es la línea que siguen quienes gustan de la tarea de gobernar, donde la injusticia y la desigualdad hacen presa suya a la gran mayoría de ciudadanos, siempre sale reprobado en las evaluaciones que, sobre el tema de la administración de justicia, hace la Organización de las Naciones Unidas. Qué vergüenza.

 

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