El sistema internacional marcado por la coyuntura ideológica.
Un sistema internacional marcado por una coyuntura ideológica puede adoptar dos formas:
a). Sistema homogéneo: En los cuales los Estados pertenecen al mismo concepto de la política. Estos sistemas presentan la ventaja de ser más estables y moderados, favorecen la imposición de límites a la violencia, son previsibles ya que los regímenes políticos son análogos y obedecen a reglas o hábitos esperables, comparten valores y principios y la intención de resolver problemas comunes. Un ejemplo es el escenario internacional que encontramos en el siglo XIX luego del Congreso de Viena realizado en 1815.
b). Sistema heterogéneo: Que es definido como aquél en el que los Estados están organizados de acuerdo a otros principios y proclaman valores contradictorios. Las características de este tipo de sistema son radicalmente opuestas a las que presenta el sistema homogéneo, los regímenes políticos se basan en ideologías contrarias eliminando la posibilidad de previsibilidad, los actores principales se presentan como "enemigos" y el objetivo supremo es la propia seguridad y la eliminación del rival. El ejemplo clásico es el período de la Guerra Fría donde los Estados Unidos y la Unión Soviética adscribían a dos conceptos ideológicos y políticos diametralmente opuestos: capitalismo-comunismo. El sistema actual, tiene ciertas características de este sistema aunque en escenarios distintos.
El sistema internacional según la configuración de la relación de fuerzas.
De acuerdo a la configuración de la relación de fuerzas, encontramos las siguientes categorías:
a). Sistema pluripolar o multipolar: Su característica principal es que los actores principales, cuyas fuerzas no son demasiado desiguales, son relativamente numerosos. En este modelo aumenta la previsibilidad y disminuye la posibilidad de conflicto y la negociación debe anteponerse al combate para poder mantener el equilibrio. Un ejemplo es el escenario internacional que encontramos en la actualidad donde los polos de poder, a nivel económico, los podríamos ubicar en Estados Unidos, la Comunidad Económica Europea y Japón.
b). Sistema bipolar: En este modelo dos actores dominan a sus rivales hasta el punto que se convierten, cada uno de ellos, en el centro de una coalición, viéndose obligados los actores secundarios a situarse en relación a los bloques, uniéndose a uno u otro, a no ser que tengan la suerte de poder abstenerse. El objetivo de los actores principales es el de no encontrarse a merced de su rival e impedirle la adquisición de medios superiores a los suyos. Las alianzas son permanentes y existe un sistema de premios y castigos dentro de cada bloque. En este caso, el ejemplo vuelve a ser el período de Guerra Fría desde el final de la segunda Guerra Mundial hasta 1989 donde las dos superpotencias, Estados Unidos y la otrora Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas pusieron al mundo al borde del conflicto en repetidas ocasiones y, ambas, intentaron y se disputaron un nuevo reparto del mundo, proceso en el que, Cuba desde luego, jugo un papel clave en tanto satélite soviético en América.
c). Sistema unipolar: Cuyas característica distintiva es que un actor absorbe a los demás eliminándolos como agentes internacionales. El ejemplo clásico es el Imperio Romano donde las unidades políticas eran conquistadas y pasaban a formar parte del sistema imperial, con mayor o menor grado de dependencia, pero todas ellas respondían al mismo centro hegemónico. En nuestros tiempos, el ejemplo clásico lo encontramos en la postura norteamericana que desde la conclusión de la Segunda Guerra Mundial y entiéndase hasta nuestros días, ha instrumentado líneas de política exterior basadas en la expansión y en el aseguramiento de múltiples “zonas de influencia” en el planeta pretendiendo consolidar un liderazgo hegemónico característico de las potencias de su tipo.
La política exterior mexicana.
La política exterior de México, pese a las presiones que sobre nuestro país en determinados momentos históricos se han ejercido, desde la consolidación del movimiento revolucionario iniciado en 1910, se ha mantenido fiel a los principios que desde siempre le han dado cuerpo y, aún más, con base en la propia experiencia internacional, los fue fortaleciendo además de incorporar otros más, en concordancia con la realidad que el propio sistema internacional y las condiciones internas exigieron para cada momento histórico. Podemos afirmar con certeza que fue hasta el presente régimen donde muchos conceptos, mecanismos, principios y acciones o no fueron bien entendidos o bien se desvirtuaron en virtud de no encontrar la precisión en la inserción mexicana dentro de las exigencias de los retos actuales.
La política exterior de México, no se puede elaborar en abstracto, pasando por alto una serie de elementos que, descritos ya con anterioridad en esta misma serie, la condicionan en mayor o menor grado. De ellos, unos tienen carácter permanente como, por ejemplo, la geografía, otros quizás podrán experimentar variaciones a lo largo de los diferentes momentos históricos, pero en ambos casos esos elementos constituyen las bases que dan apoyo a la política exterior y que fijan el punto de partida en su formulación.
La política exterior de México está ligada, de modo desigual, a nuestra historia y a los propósitos que emanan de ella, es ahí donde se encuentra su mejor sustento. Las condiciones de ella se fijan por factores de diversa naturaleza como lo son las siempre variables situaciones internacionales.
Dentro de este orden de ideas, que parecen innegables, la búsqueda de una mayor comunicación internacional y la actitud cada vez más resuelta de los países denominados del tercer mundo, México jamás ha sido ajeno a esa tendencia y la mejor prueba de ello la constituye su participación en la búsqueda de soluciones constructivas y su anuencia a emprender nuevos caminos.
En el tiempo transcurrido desde nuestra apertura comercial con el mundo se ha aumentado la presencia de México en los foros internacionales, lo cual ha servido no sólo para reintentar nuestro apoyo decidido e inequívoco a los principios sobre los que se fundamentan nuestras políticas, sino que han dado la oportunidad a los Jefes de Estado Mexicanos de tomar iniciativas de gran trascendencia e impulsar otras que surgen en administraciones anteriores, demostrando así la continuidad en el esfuerzo por alcanzar las metras que se han fijado.
Con su actitud, México ha demostrado que no puede vivir ni crecer solitario, y en el mundo interdependiente de nuestros días, marcado por un proceso de globalización casi irreversible, ello no sería para ninguna nación del orbe que ostente una política exterior racional.
Así, los principios que han normado permanentemente la conducta de México en el ámbito internacional se mantienen invariables: igualdad jurídica entre los Estados, no intervención, autodeterminación de los pueblos, solución pacífica de las controversias y cooperación entre los miembros de la comunidad de Naciones Unidas.
A ello se debe, entonces, que los principios rectores invariables de nuestra política internacional sean: la proscripción del uso de la fuerza para la solución pacífica de las controversias, la no intervención, la igualdad jurídica de los Estados y sobre todo y como producto de las experiencias vividas en el Siglo XIX, la libre autodeterminación de los pueblos.
Continuará.