CUBA, EL OTRO CAPITULO

Felipe Díaz Garibay

Parte III

 

México-Cuba, ¿relación de presión?

Hablando del sistema internacional, y del equilibrio de fuerzas a su interior, encontramos un concepto que es clave para definir el pasado, el presente y el futuro de las relaciones México-Cuba: las zonas de influencia, que vienen a representar aquéllas zonas que, por la cercanía geográfica, hegemonía implantada o interés, las superpotencias tienen prácticamente a su servicio e influyen determinantemente sobre ellas, desde luego también sobre su propia política interna.

La relación entre nuestros dos países debe ser vista, para efectos de este análisis, desde dos aristas: la relación sobrellevada en tanto naciones sobernas e independientes y la relación vista desde la propia concepción de sus Jefes de Estado, específicamente por el anquilosado régimen cubano y el actual régimen foxista.

En atención al primer contexto, podemos afirmar con toda certeza que Cuba y México, históricamente, han compartido muchas cosas, entre ellas las enormes presiones estadounidenses, más aún en la historia reciente. Es muy cierto que la defensa de la soberanía de Cuba, desde el origen de la revolución castrista, ha constituido también la defensa de la soberanía nacional mexicana, pero en el marco de una coexistencia dentro de una zona de influencia norteamericana, la situación para México no ha sido del todo fácil.

La vinculación con Cuba tiene un significado importante porque –insisto-nuestro apoyo a ese país ha sido en cierto sentido mutuo, porque también somos víctimas de las presiones hegemónicas de los Estados Unidos de Norteamérica. En la medida en que apoyamos la libre autodeterminación cubana estamos apoyando la libertad mexicana.

El concepto de soberanía, en su entera connotación internacional, no es nada nuevo. México ha sido recurrente en sus alusiones históricas y reivindica en todo momento la noción de soberanía que ha perdurado por años; éste es un concepto que acuñó Morelos desde que escribiera los Sentimientos de la Nación, frente a quienes pugnaban por una independencia condicionada ante España. Entonces deslizó una frase clave: “la soberanía es absoluta o no lo es”.

La relación México-Cuba resume un sin fin de paralelismos. Justamente cuando Cuba, en 1868, inicia con Macedo su primera independencia, México acababa de concluir su segunda independencia, respecto del imperio de Maximiliano. Cuando Martí pugnaba por la independencia cubana, México ingresaba al proceso liberador de la revolución. Cuando triunfó la revolución cubana, en México la juventud convocaba a concentraciones en su apoyo, porque, de alguna forma, redescubría en ella el sueño de la libertad americana, es decir el sueño bolivariano.

La política exterior mexicana se ha forjado entre las presiones antinacionalistas provenientes del exterior y las reivindicaciones nacionalistas de diversas fuerzas del interior; en ese choque se ha conformado la política exterior, sobre la base de reafirmar el nacionalismo y la soberanía; por ello la doctrina Estrada tiene sentido: no intervengamos unos sobre otros, y por eso tiene sentido el principio juarista de respetar el derecho ajeno, para que se respete el nuestro, situación que parece no haber cumplido cabalmente el gobierno cubano que desde ya algún tiempo atizó el fuego a un conflicto que pudo haber tenido peores consecuencias.

En el orden de la relación vista por los dos Jefes de Estado –entiéndase el mexicano y el cubano-, puede decirse que por primera vez en cien años, las relaciones diplomáticas entre México y Cuba se encontraron seriamente afectadas desde el momento en que los presidentes Fidel Castro y Vicente Fox se vieron inmersos en un conflicto relacionado con el incidente que tuvo lugar en la Cumbre de la ONU sobre Financiación para el Desarrollo, celebrada en la ciudad mexicana de Monterrey durante la primavera del 2002. El mandatario cubano hizo pública la trascripción literal y la grabación de la conversación con su homólogo mexicano, quien le solicitó que abandonara anticipadamente la Cumbre, que no hiciera declaraciones políticas durante su estancia ni "agrediera" a Estados Unidos o al presidente George Bush.

Desde entonces las cosas estaban ya en un punto peligroso, uno hizo gala de su sapiencia de viejo lobo y el otro de su novatez diplomática e ingenuidad política; empezaba apenas su régimen y debió haberse dado cuenta que esa buena voluntad con que tomó las riendas de México no era suficiente para enfrentar al gran número de enemigos que tenía cerca, incluso dentro de la misma Residencia Oficial de Los Pinos.

La reacción de la Presidencia mexicana al reaccionar sobre el asunto, y considerar "inadmisible" la divulgación de la conversación telefónica entre ambos gobernantes y catalogarla de "violación de la privacidad" que "rompe un acuerdo de confianza y de buena fe" se queda corta; no se trataba exclusivamente de eso, se faltó al sentido diplomático, y debió entenderse que, Fidel castro, desde el exterior y sin deber tener ingerencia en nuestros asuntos internos, actuaba con una actitud incendiaria; de ello no hay duda. Le estaba demostrando a nuestro primer mandatario primero que no era su amigo y, segundo, que buscaba provocarle problemas de proyección interna, en pocas palabras que no tenía ninguna consideración a su mandato.

No cabe, bajo ningún concepto, en los ámbitos del propio derecho internacional, el flujo que marcan las relaciones del sistema internacional mismo o los propios canales diplomáticos, la actitud del Presidente Castro al exhibir de la forma en que lo hizo al Presidente mexicano, deja claro que detrás de Castro estaban alguien, algunos o varios que desde México tuvieron que haberle pedido que actuara de la forma en que lo hizo; me refiero desde luego a los múltiples enemigos del presente régimen, a esos que frecuentemente visitan la isla para entrevistarse con el propio Fidel o con los líderes del único partido que existe en ella: el comunista.

Resulta insultante que quieres, saliendo de nuestro país a escuchar los consejos e informes de mentes dictatoriales, regresen a nuestro territorio hablando de “apertura”, democracia y de sus proyectos para convertir a México en el mismo jardín de las delicias. Es un juego político sucio, sobre todo porque permiten y facilitan el ingreso a nuestro país de fuerzas de espionaje al servicio de otros gobiernos, de organizaciones mundiales que nada que tienen que ver con los legítimos intereses del pueblo de México. El problema actual tiene, evidentemente, dos caras como cualquier moneda.

En una de las caras, revisando un poco el pasado, vemos que si esas acciones no tienen nada que ver con nuestro proyecto de nación, sí tienen mucho que ver con partidos y grupos con quienes antes tuvieran una gran afinidad ideológica y porque juntos tenían un sistema de gobierno perfecto: Castro la dictadura de un solo hombre, el PRI –por referir uno de los principales actores- la dictadura de partido. Es así como México le vende a Cuba el petróleo mas barato que a los mexicanos, o le prestaba millones de dólares que aun no paga como si nosotros estuviéramos en jauja. Las relaciones con el anterior partido gobernante, entiéndase el Partido Revolucionario Institucional, con Cuba eran un mucho por su afinidad ideológica y porque juntos tenían un sistema de gobierno perfecto.

Veamos el otro lado de la moneda, donde el Partido de la Revolución Democrática juega, también, un papel central. El PRD es un partido que resume o retoma lo que queda de la izquierda mexicana, ultimo bastión de esta ideología, que en nuestro país no ha evolucionado como en Europa, ni ha logrado la misma cohesión; también es cierto que los mexicanos nunca hemos conocido sus teorías convertidas en gobierno. Aún a pesar de la Perestroika, del Glasnot, de la caída pues del imperio soviético hay quienes, desde la isla caribeña y aún desde el mismo México, sueñan aún con la expansión del comunismo y no cesan en exaltar a las cenizas, con una mentalidad retrógrada carente de actualidad, sentido e incluso elemental humanismo.
En este escenario de cosas y casos, tenemos las relaciones diplomáticas de nuestro país dirigidas por una ideología de derecha, dicen que inclinadas a EUA aún cuando ello no es exclusivo del actual régimen pues quienes más acusan esto es quienes antes le besaron todo el tiempo los pies al Tío Sam. La reunión del PRD con funcionarios cubanos es clara, a ellos les conviene mas un PRD gobernante que un PAN dicen que proamericano gobernante –pero insisto ¿antes de esto no existían también intereses proamericanos en México si somos, en esencia, zona de influencia norteamericana?- , entonces ¿como es que quieren que el gobierno mexicano dirigido por un partido que no es ni el PRI ni el PRD –con sus características descritas en renglones anteriores-, tenga un “extraño” viraje hacia la isla de Cuba, en donde Fidel ha demostrado su desprecio por Fox, y desea otro tipo de gobierno (¡!) y además al parecer pretende hacer algo para lograrlo? ¿Qué busca entonces Fidel con esa intromisión hacia nuestro país?.

En el siglo pasado, Cuba siempre fue intervencionista y exportadora de revoluciones y movimientos de ese tipo pero era el mismo gobernante, y no sabemos si aun tenga toda la infraestructura, cosa que dudo pues la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas ya es papel de la historia; por otro lado, el intervencionismo de los Estados Unidos de Norteamérica no requiere excusa, se han apropiado del papel de policía internacional, ante la complacencia de las demás naciones en las que el silencio mas que fruto del respeto y admiración, tiene su origen en el temor.

Cuba parece olvidar que el comunismo ya es quimera. Estados Unidos dejo de lado su política de contención de esta forma de gobierno que más que eso fue verdadera peste que no logró otra cosa mas que demostrar su inoperabilidad social y política, para enfocar sus acciones ahora a la contención del terrorismo a costa de lo que sea. México busca, simplemente, quedar bien con todos en respeto y apego a esos principios que han caracterizado su actuación en el contexto internacional; nuestro país no tiene, ni tendrá jamás, experiencia intervencionista en los términos en que de ella, históricamente, ha sido víctima.

¿Se entienden mejor las cosas?

Continuará.


 

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