LOS PARTIDOS QUE NECESITAMOS Y QUE DEBEMOS CONSTRUIR

Felipe Díaz Garibay

 

Los pequeños partidos carecen en general de fe política. Como no se sienten elevados y sostenidos por grandes objetivos, su carácter está impregnado de un egoísmo que se manifiesta ostensiblemente en cada uno de sus actos. Se irritan por la menor cosa; su lenguaje es violento, pero su andar es tímido e incierto. Los medios que emplean son miserables como el mismo fin que proponen -ALEXIS DE TOCQUEVILLE-


Hace ya algún tiempo, escribí para este semanario una serie relativa a los partidos políticos y de manera reiterada me he referido a ellos bajo una perspectiva que bien trata de retomar la situación actual que viven estas organizaciones, especialmente en nuestro país. Esa misma serie, publicada entonces en 12 partes, la trasladé -aunque corregida y aumentada- a lo que ahora es el capítulo 6 de mi “Testamento Político. Notas para la Liberación del Mundo” recientemente presentado oficialmente.

En el texto referí hasta el cansancio la crisis existencial que viven ahora los partidos políticos, y que desde principios de la última década del siglo pasado adquirió tonos verdaderamente preocupantes.

Pero, en realidad, mucho se ha dicho sobre lo que los mexicanos esperan de los partidos políticos y de sus candidatos a los diferentes puestos de elección; sin embargo, poco se ha dicho sobre el trascendental papel que la sociedad mexicana debe desempeñar en la vida política, social, económica y cultural en unión con sus propios partidos, es decir de aquéllos hacia los que inclina su preferencia, intereses o disciplina cautiva si se quiere.

Entendida como elemento esencial del sistema democrático, la participación convierte a toda persona y a la comunidad política, en protagonistas de los diversos procesos sociales. Todos hemos de intervenir estrechamente en las diferentes actividades de la vida de grupo, desde el mismo seno familiar como agente de cambio social.

Si bien es cierto que el sufragio concede a los ciudadanos la oportunidad de participar directamente en un asunto de gran trascendencia nacional es importante que la participación no se restrinja únicamente a ello.

La democracia es más que un sistema de legitimación del ejercicio del poder, además de una actitud o conducta, es un régimen global de participación popular que sobrepasa el mero electoralismo reducido al periódico ritual de depositar un voto en la urna electoral cada cierto tiempo.

Parece que los partidos políticos no han entendido mucho esto. Y es que la participación ciudadana no se mide tanto hoy en la manera en que los partidos consideran o reconsideran a sus militancias en el diseño y desarrollo de sus propios procesos sino, fundamentalmente, en la forma en que los propios partidos trabajan hacia la propia ciudadanía: otorgándoles canales de participación, de expresión de su voz, su sentir y sus expectativas; brindándoles la posibilidad de ser ellos mismos la esencia de sus organizaciones sobre todo en tiempos de comicios.

La ciudadanía participa en tanto los partidos la consideran en el diseño de sus proselitismos y la ubican como el eje sobre el cual deben girar los pormenores de cualquier proceso electoral.

La ciudadanía no debe representar ya solamente el voto cautivo característico, desde luego, de las “monarquías electivas”.

Para el caso concreto de México, a la vista de la ciudadanía salta una solo razón: los tres "grandes partidos" viven en una crisis que no han podido superar, mientras el pueblo de México padece el más crudo desempleo, hambre, miseria, inseguridad, violencia y lo que ellos llaman "pobreza extrema" cuando se refieren a los grupos vulnerables desde el gobierno.

No hay tiempo para las treguas. La hora decisiva no solo para los partidos sino para la sociedad mexicana entera está en puerta; los partidos deben coadyuvar de manera decisiva en el diseño del rumbo que el país habrá de tomar en los próximos años. Grande es el reto.

La voluntad de la sociedad mexicana es inequívoca. El cambio que vive el país es ya irreversible.

Se decidió por modificar el orden de cosas y reorientar el rumbo del país, en busca de mejores condiciones de vida, de igualdad de oportunidades, consolidar el ejercicio de las libertades y avanzar en la modernización de nuestras instituciones fundamentales.

La transición hacia la democracia, como todo cambio social, trae aparejados desajustes naturales tales como conflictos y hasta confusiones, resultantes de los procesos de descomposición por la agonía del antiguo régimen, que se niega a morir, y el resurgimiento de una nueva institucionalidad que aún no acaba de nacer y que obstaculizan la edificación del andamiaje de la nueva, y a la vez distinta, gobernabilidad del país.

Los cambios sociales pueden y deben conducirse cuando se tiene conciencia y conocimiento de sus orígenes y sus propósitos.

Pero, históricamente, en nuestro país se ha observado algo que vale la pena resaltar. Como es costumbre, como en vitrina, los años electorales se convierten en los escenarios donde los partidos políticos ponen a la vista de todos sus miserias, precariedades, descaros y vergüenzas, su arsenal de malas artes y golpes bajos en competencias electorales que no son nada nuevo, son solamente más de lo mismo: candidatos sin propuestas, propuestas que no se debaten, debates que empiezan y terminan en reproches mutuos y ofertas de campaña que no son sino buenos deseos, buenos deseos condenados a la indiferencia de los electores, electores ametrallados por la ráfaga del spot como santo y seña de la cultura política del mínimo esfuerzo.

Los nuevos procesos electorales, por lo que en esencia significan, deben servir de enseñanza y aprendizaje; deben ser campañas para dejar huella en la conciencia ciudadana; no simples recorridos turísticos donde la retórica hace gala de sus falacias.

Por respeto a la ciudadanía y a la propia dignidad humana –sépase del electorado y de los propios candidatos-, los procesos electorales deben ser la extraordinaria oportunidad para reformar procesos, para reafirmar principios, para corregir formas, para trascender en las ideas, para crecer junto al ciudadano.

Ese es el esquema que necesitan los partidos políticos para rescatar la confianza ciudadana.

Esos son los partidos que México y el mundo entero necesitan y que, todos, debemos construir.

 

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