
¿ DECLARACIONES RACISTAS O EXAGERACIONES DE LA "DIPLOMACIA"?
Parte IV
5. La supremacía del contexto externo, la débil capacidad de negociación mexicana y la pérdida del proyecto nacional.
Aunado a las vicisitudes manifiestas de la relación bilateral México-Estados Unidos de Norteamérica, existe un factor que de igual manera influye de manera decisiva en el diseño de la política exterior mexicana: el contexto externo, es decir la fenomenología mundial que bien afecta a todas las naciones por igual debido al alto índice de interdependencia existe entre ellas. Ante él, como resultado del conjunto de elementos ya referidos en partes anteriores, hace que el nuestro sea un país con una no muy fuerte capacidad de negociación internacional y, por ende, con una no muy fuerte posición geopolítica pese a lo divulgado oficialmente y a lo que tantos pudieran afirmar vehementemente.
Es evidente que en los últimos años la situación externa ha tenido primacía sobre la interna en lo que respecta al diseño de la política exterior mexicana. Muchas de las decisiones más importantes de las últimas administraciones han estado fundamentadas y justificadas por el nuevo ambiente internacional. El principal argumento ha sido que México tiene que insertarse en la nueva dinámica internacional y no quedarse rezagado ante las nuevas transformaciones económicas y tecnológicas. Bajo tal tesitura, la administración salinista se embarcó en uno de los proyectos más destacados de los gobierno posrevolucionarios mexicanos: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).
La enorme desventaja de este rasgo es que no existe un proceso de retroalimentación entre política interna y política externa. Es necesario recordar que la política externa debe encontrar su justificación precisamente en las condiciones internas para así realmente responder al interés de la nación; es decir, el motor principal de toda política externa debería de ser la búsqueda de aquéllos elementos que vengan a satisfacerlas necesidades internas, ya lo había dicho. En los últimos años, la política exterior de México no se ha reflejado en una mejoría de las condiciones internas.
Con TLCAN o sin él, acá todo está igual, acá no pasa nada; no hay cambios trascendentes en la economía mexicana y, contrario a lo que se pudiera pensar, la situación mexicana es cada vez más deplorable.
Una reducida capacidad de negociación internacional, ha sido uno de los rasgos principales de la política exterior mexicana en los últimos años; esta debilidad del poder negociador de la diplomacia ejercida por el gobierno mexicano se debe en gran medida a la dependencia económica de nuestro país frente al sector externo; el peso de la deuda externa, la concentración comercial hacia el mercado de Estados Unidos, la influencia de las empresas multinacionales, la desventaja de tener una fuente dominante de inversiones extranjeras y los problemas económicos internos, principalmente la crisis de 1995, han provocado que México tenga un margen reducido de negociación lo que lo ubica en una posición de franca desventaja dentro del sistema internacional.
Muchos podrían pensar, e incluso argumentar, que México sí ha gozado de una capacidad de negociación internacional adecuada; incluso podrían referir como ejemplo el multicitado Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el firmado en julio del 2000 con la Unión Europea; sin embargo, esos eventos se deben más a circunstancias coyunturales que a una alta capacidad de negociación de México.
EL TLCAN, por ejemplo, fue aceptado por los Estados Unidos de Norteamérica fundamentalmente por las razones siguientes:
- La pérdida de su hegemonía económica frente a otros polos.
- El temor al fracaso de la Ronda de Uruguay.
- La creciente globalización económica mundial.
- El fin de la Guerra Fría.
En la mayoría de los estos casos, México estuvo ausente o su participación fue muy limitada.
Ahora bien, y en otro orden de ideas, la reciente presencia de México en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que tantas controversias ha traído consigo, en nada garantiza que tengamos una posición geopolítica privilegiada; por el contrario, con ello se asumen serias responsabilidades y el hecho de que Estados Unidos haya aceptado nuestro arribo a ese organismo fue, evidentemente, con el objeto de sacar la mejor ventaja a la hora de votar las decisiones norteamericanas que siempre logra imponer en su seno; en este Consejo somos solamente un voto más que resulta mas eficaz si es cautivo y responde al interés de la hegemonía norteamericana.
En esas condiciones, nuestra presencia en múltiples organismos en nada modifica nuestra posición y capacidad de negociación internacional. La más reciente prueba de ello fue la aún fresca experiencia de la elección del Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA) donde nuestro canciller fue protagonista de un franco ridículo.
En términos claros, la posición de México frente al exterior ha pasado de ser una política con bases progresistas e idealistas a una más conservadora y más alineada a los supuestos realistas; de igual manera transitó de una relativa autonomía a una política dependiente de los diversos polos económicos acentuando México su dependencia comercial y financiera con respecto al sector externo; ello repercute en el debilitamiento de la capacidad de negociación internacional y disminuye la habilidad de México para defender su propia soberanía.
En otro orden de ideas, México se alejó de una política exterior tradicionalmente multilateral acercándose más a una de corte bilateral; por ejemplo, de una posición tercermundista se acercó más a los intereses de los países más desarrollados; privilegió su relación con Estados Unidos al concentrar su política exterior en el TLCAN y tuvo que abandonar el Grupo de los 77 para ingresar a la OCDE; todo con el propósito de modernizar a la nación, de mejorar la imagen internacional de México e insertar al país en la nueva dinámica internacional.
De una política exterior de cooperación con países débiles, pasó a ser una política podríamos decir que de sujeción a las naciones desarrolladas y, por ende, más poderosas del planeta.
Con los elementos planteados es posible argumentar que la política exterior de las últimas administraciones no ha respondido de manera eficaz a los intereses supremos de la nación; esta política sólo ha beneficiado a intereses particulares, entre ellos los del grupo en el poder, los de algunos empresarios e inversionistas y los de grupos extranjeros. La política exterior de México no ha tenido efectos positivos para mejorar las condiciones de vida de la población, es más los niveles de vida han empeorado: aumentos en la tasa de desempleo, devaluación de nuestra moneda, cierre de muchas empresas y deterioro en el poder de compra de millones de mexicanos.
Continuará.