¿DECLARACIONES RACISTAS O EXAGERACIONES DE LA "DIPLOMACIA"?

Parte V y última

 

6. Las altas y bajas del actual régimen.  

A lo largo de la historia de México, la política exterior había tenido una congruencia con el proceso de consolidación del Estado-Nación; esto significa que entre más evolucionaba el Estado mexicano, su política exterior era más compleja en su elaboración, más plural en términos de ideología, más multidireccional en criterios regionales y más multitemática incluso. No así, a partir del cambio estructural modernizador que se inicia durante el mandato de Miguel de la Madrid Hurtado, que se intensificó con Carlos Salinas de Gortari y que continuó con Ernesto Zedillo, la política exterior mexicana viene a sufrir un serio e imparable retroceso en términos de su proyecto nacional.

Este esquema de política exterior, en primer lugar, tiene un sesgo económico muy marcado, en segundo, se concentra en la relación con los países del norte, específicamente Estados Unidos y los miembros de la OCDE, y, en tercero el gobierno mexicano ponderó los intereses a corto plazo sacrificando los de largo alcance se olvidó de la prospectiva, es decir del diseño del futuro al que México podía aspirar.

En el marco del proyecto nacional emanado de la Revolución Mexicana, las últimas administraciones en apariencia continuaron actuando en el marco de los principios tradicionales de política exterior; sin embargo, ante la presencia del fenómeno globalizador que trae consigo un esquema de interdependencia entre naciones y de acuerdo a las acciones que los últimos gobiernos han llevado a cabo como el TLCAN y la firma de la cláusula democrática frente a la Unión Europea, estos principios parecen no tener congruencia ni vigencia alguna ya.

Lo anterior hace suponer que México está abandonando definitivamente el proyecto de nación que emano con la Constitución de 1917 y vino a cambiarlo por un proyecto basado en una ideología neoliberal que fue impuesto sin el consentimiento de los mexicanos y que ha respondido más a las preocupaciones del grupo en el poder, a los intereses de quienes detentan el poder económico y a las presiones de los agentes externos; por ello, México debería reorientar su proyecto de política exterior para así responder más a las demandas internas.

Lamentablemente, a partir del 2000, después de haber creado innumerables expectativas, las cosas siguieron exactamente igual, sin cambio alguno y muchos aspectos marcharon en franco retroceso en materia de política exterior.

En los últimos cuatro años y medio, ni Jorge Castañeda y menos aún Luis Ernesto Derbez, en tanto diseñadores de la política exterior mexicana, han sido capaces de utilizar la debilidad del país para incrementar su capacidad de negociación internacional. En la relación bilateral con los Estados Unidos, por ejemplo, si se ha argumentado que graves problemas económicos en México pueden afectar a Estados Unidos y otras naciones, entonces el "club diplomático" de México tendría un amplio margen de negociación; el temor de Estados Unidos a una ola de migrantes mexicanos, a una reducción del poder de compra de los mexicanos que pueden adquirir sus productos y a la pérdida económica de los empresarios estadounidenses que han invertido en México, obligarían al gobierno norteamericano a aceptar muchos de los términos que los negociadores mexicanos pudieran plantear.

Pero ha faltado la imaginación, quizás la voluntad, el sentido internacionalista y, desde luego, la vocación diplomática y ha resultado más fácil y sencillo buscar las cámaras, optar por el exhibicionismo y jugar al madruguete en la carrera presidencial hacia el 2006, que atender de manera sensata nuestro proyecto de nación en materia de política exterior.  

7. Las expresiones del "mal".  

Derivado del esquema que históricamente han ejecutado nuestros gobiernos frente al exterior, la experiencia vivida por el régimen del Presidente Vicente Fox Quesada no podía ser menos que adversa en su relación con algunos países. El insuperable conflicto con Cuba y las recientes reacciones norteamericanas por las declaraciones presidenciales que afectaron la sensibilidad del gobierno de los Estados Unidos, dejan claro que en el delicado rubro de la diplomacia las cosas no han salido nada bien.

Parece que la política exterior mexicana ha sido en los últimos cuatro años y medio una simple agenda, en la que solo se han calendarizado visitas oficiales pero no grandes y trascendentes negociaciones o acuerdos. Lamentablemente se viene arrastrando un esquema deforme de décadas anteriores. Desafortunadamente para muchos servidores públicos la política exterior, ayer como hoy, se ha convertido en un simple escaparate, la extraordinaria oportunidad para visitar países que en su vida pudieron haber imaginado (recordemos a Sari Bermudes -la funcionaria encargada de preservar nuestros valores culturales- enloquecida, rompiendo protocolos, ante la mirada sorprendida de los anfitriones, para tomarse fotos posando junto a las estatuas de Tarracota en China que fueron desenterradas del mausoleo del primer emperador chino Qin Shi Huang). Los mismos cambios en la cancillería mexicana bien hablan del desasosiego existente; se buscaron perfiles y quedaron los menos idóneos; Jorge Castañeda está formado en el área de las Relaciones Internacionales y es docto en la materia, pero al frente de la cancillería no rindió en la medida que ha sabido hacerlo en las aulas universitarias y ello me consta pues lo tuve como maestro en la asignatura de posgrado "Política Mundial Contemporánea" en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM a finales de la década de los ochenta. Siempre he creído, y ahora estoy más seguro que nunca de mi inquietud, de que el Presidente Vicente Fox Quesada siempre ha dormido con el enemigo. Siempre lo ha tenido en casa; se brindó la oportunidad a otros mientras quienes le pudieron haber sido leales esperaron siempre sentados la oportunidad de servir a su país. 

El servicio exterior, con sus respetables excepciones, está plagado de ineptos al igual que el sinnúmero de "Servicios Profesionales de Carrera" implantados en nuestro país, tan nefastos como los métodos de selección implementados dentro de ellos. Peor carnaval de las vanidades no podía existir, la peor burla a México y al sinnúmero de ciudadanos que acuden a sus concursos cuando el pastel ya está repartido entre los ungidos por la mano divina de los grandes corruptos.

Sin un proyecto de nación definido en lo interno es obvio que en lo exterior habrían de cometerse errores cuya raíz viene arrastrándose desde tiempo atrás; así las cosas, es obvio pensar entonces que cualquier expresión sería posible. El actual régimen nunca imaginó sería difícil enderezar el barco en medio de una añeja tormenta. Eso mismo sucedió con aquello de que los mexicanos realizaban tareas y jornadas en los Estados Unidos que ni los mismos negros serían capaces.

Pero es raro lo que pasa en México. Quienes antes defendieron a capa y espada lo que les dio por llamar "nacionalismo" y además "revolucionario", ahora manifiestan una postura que bien nos habla no de una molestia, no de conocer a fondo las infinitas variables que afectan la vida diplomática, sino más bien dejan al descubierto un afán de exhibir al gobierno mexicano; si los contextos fueran diferentes quizás hablaran y actuaran de otro modo; pero todavía pesa aquél domingo 2 de julio del año 2000.

Con esas actitudes, no afectan tanto al régimen sino al mismo México a quien le dan totalmente la espalda. Pero nada puede hacerse con esas mentes cuyo protagonismo enfermizo estará siempre presto en todo momento a desacreditar cualquier actitud y cualquier acción que implique reconocimiento alguno.

Se califica de racista a una declaración que buscó solamente acusar el trato que reciben nuestros connnacionales en tierras norteamericanas y se indigna todo mundo; quizás será porque a quienes se lastimó su integridad psicoemocional, jamás han tenido la imperiosa necesidad de cruzar ríos, desiertos y montañas para buscar el pan para sus hijos; quizás será porque no han vivido las experiencias del maltrato y discriminación que también ellos sufren en tierras extrañas y sobre todo en el "país de las maravillas"; quizás será porque poco les importa el clamor de nuestro pueblo; de hecho, creo que jamás les ha importado de eso estoy plenamente seguro.

Mexicanos y afroamericanos son víctimas de grandes vejaciones, eso lo supo Luther Kin y lo saben Jeese Jackson (quien ahora convoca a organizarse junto con grupos latinos para luchar contra la discriminación), Sharpton y desde luego George Bush, Tony Garza y nuestros nada eficientes legisladores. Ahora simplemente les ganó la indignación no porque la expresión haya sido racista, insensible, ingenua o inapropiada, sino simplemente porque lo dijo Vicente Fox Quesada, eso es todo. Y al plantearme en este tenor, contrario a lo que se pudiera pensar o decir -como de hecho sucedió haciendo gala de una "habilidad" periodística, que no vocación-, no trato de justificar ni defender a nadie sino de expresar un punto de vista en un medio público gracias al amparo que para tal fin me ofrece el Derecho Mexicano y la autoridad que para ello me otorga el ser un ciudadano humilde de esta región michoacana que acudió a las aulas universitarias para ser lo que es y no lo que otros quisieran que fuera.

Y recalco que los migrantes mexicanos, indocumentados o no, han enfrentado de manera vitalicia leyes duras promulgadas por diversos regímenes norteamericanos; ello no es una situación privativa del régimen foxista y menos aún que ello se convierta en un tema álgido a raíz de la multicitada declaración. Desde mi juventud, en las múltiples reuniones interparlamentarias México-Estados Unidos a las que por cuestiones laborales tuve la oportunidad de asistir en la década de los ochenta, el tema migratorio era de los primeros en la agenda bilateral, el de mayor discusión y sobre todo en el que nunca hubo acuerdos, y no creo que los haya en el futuro inmediato, precisamente porque nuestro México pobre, nuestro pobre México, produce mano de obra muy barata que bien beneficia a la economía norteamericana y, en efecto, nuestra raza de bronce es una de las mejores en la realización de esos duros trabajos.

En detalle, el mismo Consejo Nacional de Población, organismo dependiente de la Secretaría de Gobernación, recientemente ha reconocido que a pesar de que los salarios han mejorado, los 21 mil dólares que en promedio ganan los mexicanos están 62% debajo de lo que reciben los inmigrantes de otros países y de los nativos norteamericanos; ello porque se dedican a trabajos poco calificados y de baja remuneración. Pero para los Estados Unidos las cosas funcionan mejor así como están.

No es lo mismo vivir en barrios y temibles callejones, o en exclusivos suburbios como Manhatan o Beberly Hills, que "partírsela" con el azadón en la mano en los campos de vid o de algodón en el fértil Valle de San Joaquín, por ejemplo.

Cuantos mexicanos te has tragado Estados Unidos; Dios los guarde en su santo seno pues su única intención fue dar de comer a sus hijos y huir de la profunda desigualdad que trajo consigo la hasta hoy llamada "Revolución Mexicana" y sus regímenes.

 

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