INTERVENCION EN LA CEREMONIA DE INAUGURACION DEL TEMA “PAZ Y ESPIRITUALIDAD” EN EL MARCO DEL “FORUM UNIVERSAL DE LAS CULTURAS”.

Monterrey, N.L., martes 25 de septiembre de 2007.

 

Distinguidos asistentes, líderes y representantes de sus países, de sus pueblos, etnias y culturas; autoridades que nos acompañan, apreciados regiomontanos y mexicanos todos:

En la historia de los hombres, como en la de las naciones, hay años, lustros, décadas, siglos y milenios que contienen hechos y cambios que deben considerarse como cruciales para su existencia.

Es así que la humanidad atraviesa por una crisis de alcances verdaderamente impredecibles; una crisis que impacta en la economía, en la ecología, en la política y desde luego en la cotidianeidad inmediata de la vida de los ciudadanos de todo el mundo. Por sus efectos y oscuros porvenires, es una crisis que nos exige, ya, una rigurosa interpretación de sus reales connotaciones.

Es una crisis que ha hecho del mundo actual un yermo sembrado de inconformidad y divergencias, espacio propicio para el cultivo de la falta de concordia y abismos insalvables entre los discursos y los hechos.

Una crisis que ante su configuración, enmarcada en la equivocación y el desaliento, sólo espera ya la dura e inequívoca manifestación de la historia.

Una crisis que descubre gobiernos ciegos e ignorantes, que ponen debajo del dosel la soberbia y entre prisiones la humildad; que lisonjean y encubren el abuso; que desprecian y denigran la virtud. Gobiernos que la culpa colocan en el trono, y la integridad e inocencia apremian con el grillete; que a la ignorancia autorizan y la sabiduría desacreditan. Gobiernos que, en aras de una “revolución” mal entendida, encubren ilegítimos intereses negando a sus pueblos las más elementales libertades.

Una crisis que viene de la inmediatez histórica. Desde Maidanek, Treblinka y Buchenwald demostrando los horrores de la muerte en aras de la locura desalmada de poder; que presupone, desde Hiroshima, la certeza masiva de destrucción; que plantea, desde Nagasaki, el sometimiento de la ciencia a la destrucción; que corrobora desde Bosnia-Herzegovina el desaliento humano; que demuestra, desde Zaire y Somalia, el imperio de la carencia de valores; que nos reitera desde Nueva Cork, Madrid o Londres, el grado de desquiciamiento humano; que nos recalca desde Afganistán e Irak el uso ruín de la religión como instrumento de venganza.

En conclusión, una crisis que nos exige, ya, comprometer nuestros esfuerzos, nuestros mejores ánimos y alientos éticos por la paz y la transformación del mundo hacia una era de esperanza y amor por la vida.

Hoy, como en antaño, el mundo enfrenta problemas con connotaciones diversas; el terrorismo se entiende como una vía que se exalta con alarmante vehemencia para la solución de los conflictos; la diplomacia ha sido desplazada por formas cada vez más sofisticadas de demostrar el poderío y el afán de dominio en las que, desde luego, el soldado ratifica su posición fundamental.

El genocidio, que pareció haber sido superado a mediados del siglo pasado, ha cobrado nuevamente vigencia, en otros tiempos y en espacios diversos también: lo vivimos en las atrocidades, donde no importan los fines ni los medios, donde solo vale aniquilar a los ciudadanos que no aceptan convertirse en esclavos y vasallos de imperios sanguinarios.

Pero hay otros entornos que a su manera y desde su influencia inmediata también funcionan como prácticas de intolerancia y daño: en la manipulación informativa, en la confección de leyes injustas, en la indolencia de los sistemas de impartición de justicia, en las enormes corrupciones que el poder político alimenta y favorece, en la explotación laboral, en la transgresión del derecho y libertad, en la discriminación en cualesquiera de sus manifestaciones, en el criminal abuso de las mujeres y los niños, en el silencio cotidiano ante las injusticias contra las mayorías silenciosas.

Millones de ciudadanos de nuestro planeta, cada día se debaten en el desempleo, la destrucción de las familias, la pobreza, el hambre y la guerra.

Por doquier se lamenta la ausencia de una visión global humanística; resulta alarmante la acumulación de problemas sin resolver, la parálisis política, la mediocridad de los dirigentes políticos, carentes, justo ahora, de perspicacia y de visión de futuro y, en general, desinterés absoluto por el bien común.

Demasiadas respuestas anticuadas para nuevos retos, demasiadas demandas sociales insatisfechas.

La realidad del mundo se tiñe de oscuridad; los niños asesinan y son asesinados. Cada vez más, innumerables Estados se ven sacudidos por casos de corrupción política y económica. La convivencia pacífica en nuestras ciudades se hace cada vez más difícil por los conflictos sociales y raciales; de nueva cuenta toman importante escena en el sistema internacional las ideologías extremas y los fundamentalismos.

Es así que cuando faltan las palabras, es cuando el estruendo del cañón con su estampido nos ensordece a niveles globales; es cuando los locos siervos de Marte hacen cantar a sus bombas su canción siniestra, cuando nuestro planeta entero sufre, impotente, por que la situación no nos permite la defensa de tantos inocentes.

Entre tanto la carrera armamentista desarrollada por muchos países del mundo, principalmente los más industrializados y varios incluso con economías débiles, pone permanentemente en grave peligro la coexistencia pacífica de los países del orbe, además de amenazar la supervivencia humana y así, en este contexto, la Organización de las Naciones Unidas aparece con una insalvable posición de debilitamiento que nada ha podido hacer en el duro tema del desarme, en un sentido general y completo y bajo un control internacional convirtiéndose éste, así, en una lejana aspiración para los seres humanos amantes de la paz.

En nuestros días, hablar del sistema de relaciones internacionales obligadamente debe ubicarnos en la configuración de un sistema internacional, cuya característica fundamental es el hecho de que se circunscribe en un estadío difícil, marcado por la presencia del fantasma de la ingobernabilidad y la inseguridad para poder establecer un futuro capaz de resolver la grave problemática que ya encierra a muchas naciones del mundo, sobre todo en el terreno económico que al final de cuentas es el que provoca las más serias disidencias.

En este sentido “nuevos” órdenes van y “nuevos” órdenes vienen, todos encaminados a lo económico o lo político. Queda demostrado, que la esencia de los proyectos ofrecidos descansan en los intereses propios de los actores nacionales e internacionales, que jamás han querido llegar a tocar el punto sustancial: jamás se han ocupado del eterno orden, el espiritual, que tiende hacia bienes inaccesibles a los sentidos y a los simples apetitos humanos.

Independientemente de los diversos enfoques que pretenden “ordenar” al mundo, debemos asumir que el mundo en sí es la encarnación del orden; somos precisamente los humanos en quienes recae la responsabilidad de ponernos de acuerdo con ese orden, respetarlo y buscar su vigencia en todo tiempo y espacio.

Pero la humanidad se debate hoy en la tremenda búsqueda de liderazgos en virtud de que los ciudadanos confían cada vez menos en los políticos atados a doctrinas petrificadas y verdades absolutas y cada vez más en los quienes se expresan en conductas inspiradas en principios y valores.

Los supuestos liderazgos actuales, lejos de tener un fin sustentado en la gran causa que representa el trabajo en pro de la humanidad, buscan solamente el protagonismo y su interés particular; se procuran a sí mismos, envueltos convenientemente en las banderas del cambio político, la dadiva económica, la enunciación discursiva de la equidad e igualdad social, pero solo como herramientas para sus fines políticos. Ante esta situación la pregunta es quién ha de representar las verdaderas necesidades de los ciudadanos de este planeta.

Hoy la humanidad requiere de líderes que además de sensibilidad política sean poseedores de una verdadera sensibilidad social y con una transparente y absoluta identificación con sus pueblos.

Con el advenimiento del siglo XXI la situación mundial ha continuado experimentando profundos cambios, la multipolarización y la globalización económica han evolucionado en profundidad, la ciencia y la tecnología han progresado vertiginosamente, la sociedad humana ha avanzado a pasos acelerados y han surgido sin cesar nuevas situaciones y contradicciones pero, debe quedarnos claro, que es irrenunciable mantener como misión común de todos los pueblos, de todos los gobiernos, de todas las mujeres y hombres, la preservación de la paz mundial y la promoción del desarrollo compartido y justo.

En el proceso de exploración y práctica la comunidad internacional debe poner a la altura de los tiempos, y del progreso de la humanidad, el objetivo de procurar la paz y promover el desarrollo por medio de la cooperación, trabajar por ampliar la convergencia de los intereses de los diversos países, y buscar beneficios mutuos.

La cuestión de la paz no puede separarse de la cuestión de la dignidad de la persona y de los elementales derechos humanos.

Se ha de recordar a quienes creen que la vida pública internacional se desarrolla de algún modo fuera del ámbito del juicio moral, que el problema de la paz no puede prescindir de las cuestiones relacionadas con los principios morales, y, por lo tanto, todas las decisiones relativas a ella deben estar sometidas al examen ético que tiene como referente destacado la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En este sentido, es necesario aprender a concebir nuestro entorno espiritual al cual esta sujeto el hombre por su naturaleza misma, como el encargado de la creación que dé paso, a la paz universal, a través de la luz que le es propia a cada individuo, y a la conciencia de que precisan nuestras emociones.

La espiritualidad universal, debe ser ese hilo conductor de identidad, presencia, acompañamiento, energía, abrigo, nutrimento, discernimiento, autonomía, autoridad, y vitalidad.

Amar la paz, honrar el compromiso internacional y vivir en armonía con otros países forman parte importante de la misión que hoy sin duda tenemos, como miembros participes de este planeta. La cordialidad, la benevolencia y la buena vecindad, propician la paz en diversidad y son factores incuestionables de la armonía universal.

Nuestro mundo no puede cambiar sin un cambio previo de mentalidad en el individuo y en la opinión pública.

Esta realidad se ha puesto ya de manifiesto en cuestiones tales como la guerra, la economía y la ecología, realidades en las que se han operado cambios fundamentales durante las últimas décadas.

Se impone un cambio similar en relación con la ética. Todo individuo no sólo posee una dignidad inviolable y unos derechos inalienables; también debe asumir una responsabilidad intransferible en relación con todo lo que hace u omite.

Es necesario proyectar esa confianza en obras que demuestren a nuestro semejante la profundidad de los alcances que pueden lograrse cuando la voluntad y el raciocinio son autónomos y cuando se está convencido, también, de que dentro de todos nosotros duerme el más grande de los líderes, capaz de prescindir del perverso control que tratan de imponerle aquéllos que desean tener no sólo nuestra confianza sino nuestra conciencia para manipularla, someterla y destruirla.

Ese enorme potencial, que posee nuestro espíritu, es la puerta que podrá conducir al hombre a la verdadera libertad capaz de hacer posible acceder a un mundo con mayor justicia, un mundo distinto en el que se vea al hombre desprovisto de naturalezas políticas extremas, insensibles, que lo ponen no menos que una “cosa sin sentimientos” .

El realismo político, base para explicar la naturaleza humana, debe ser sustituido por un realismo humano que dé nuevas pautas de creencias y de pensamientos enfocadas hacia la verdad que partan del espíritu como base para explicarnos y definirnos como entes pensantes y racionales, capaces de vernos reflejados en los semejantes que nos rodean.

Los que luchamos por nuestros derechos humanos, los que no queremos sangre, los que no le damos preeminencia a las fronteras, los que realmente queremos la paz en este mundo, en todos y en cada detalle cotidiano de la vida, habremos sin lugar a dudas de dar inicio a un verdadero cambio enfocado desde nuevos paradigmas que han posible la más profunda de las revoluciones enfocada no solamente a lo científico sino fundamentalmente a lo ontológico.

Tengo plena confianza de que este foro rescatará, a través de estas ponencias, medidas útiles para el futuro de nuestro hogar, de nuestros países y de nuestro mundo.

Superemos el fantasma de la desconfianza. Hoy, más que nunca es momento de conseguir cambios, todas y todos los integrantes de este planeta estamos en espera de una mejor calidad de vida. De un futuro esperanzador, de tiempos renovadores, de tiempos de esperanza, de fe, de concordia, diálogo y libertades.

Formulo votos para que todos los habitantes de este planeta entiendan que no podemos cambiar a mejor la situación de nuestro entorno mundial, sin que antes cambie la mentalidad del individuo y ello sólo será posible en la medida en que seamos capaces de crear al hombre del Siglo XXI que intercambie las nuevas formar de creer que hagan posibles las nuevas formas de actuar. Para ello está la escuela, para ello las organizaciones sociales, para ello también los partidos políticos, para ello esa realidad social que está en la calle, aguardando a ser retomada para dar paso a las nuevas líneas de pensamiento político que definan nuestras nuevas cosmovisiones.

Hoy apelo por un cambio de conciencia individual y colectiva, por un despertar de nuestras fuerzas espirituales mediante la reflexión, la meditación, y el pensamiento positivo, por la conversión del corazón.

Juntos podemos mover montañas. Sin riesgos y sin sacrificios no será posible un cambio fundamental de nuestra actual situación.

Hoy, estamos obligados a encontrar todas las vías posibles para inducir la más profunda de las revoluciones, aquélla que se induzca bajo un nuevo concepto del hombre mismo y bajo una nueva visión de la vida misma.

El hombre, en su afán de competencia, se obstina a veces en caminar aprisa, muy acelerado en su camino y no se detiene a contemplar lo amplio, claro y bello de la creación, soslaya el hecho, pero paradójicamente lo reclama como de su pertenencia; justo aquí es donde debe centrarse ese nuevo concepto de hombre que debe revolucionar en el tiempo y el espacio; ese concepto que le remita a la propiedad natural de la creación puesta en sus manos, de esa creación a la que él mismo aniquila paulatinamente, esa creación que debe preservar.

El nuevo concepto del hombre debe partir de reconocer su esencia misma, su plena naturaleza, esa que es inviolable, insometible y a la que debe liberar para comprender que en ella estriba la mayor de las soberanías.

El nuevo concepto del hombre debe complementar al mundo y alejarlo de las falsas concepciones maniqueístas, entender que aunque todo se rige en una sola línea de polarización, lo oscuro jamás podrá vencer o primar sobre lo claro y verdadero.

El nuevo y único concepto del hombre que debe realmente revolucionar, tiene que estar alejado de la falsa concepción de la revolución; entender que la vía violenta de cambio es un camino fáctico altamente pernicioso.

El nuevo concepto de hombre debe partir de un claro concepto de la libertad y la justicia; debe saber que en la medida en que sea capaz de pensar con libertad y actuar en consecuencia podrá crecer en sus esencias más generosas.

Entender que la preeminencia de los dogmas, impuestos y asumidos le arrastran a creer que debe limitar su pensamiento y espíritu a voluntades ajenas.

El hombre nuevo debe frenar la competencia desencadenada, debe recordar que este mundo nos pertenece a todos, este hombre nuevo debe hacer prevalecer en sus acciones diarias que la verdadera libertad y la verdadera soberanía están, simple y sencillamente, en él mismo… precisamente… en su mente y en su propio espíritu.

Decía Einstein que “la vida es muy peligrosa y no por las personas que hacen mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”.

Es momento de actuar pues el mundo espera por resultados; es momento que las naciones del mundo se redefinan en lo interno para poder proyectar más allá de sus fronteras una concepción distinta del sistema internacional; hoy bien vale la pena darlo todo por la paz del mundo y poder justificar nuestra existencia ante propios y extraños, ante seguidores y adversarios, ante los ojos de Dios pero, sobre todo, ante los ojos de nuestra propia conciencia.

 

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